Giro de 180 grados y fundación de una ciencia

 

Marx había tratado el problema de la alineación abiertamente en los Manuscritos de 1844 y en La sagrada familia. Ahora nos encontramos frente a un texto diferente, en el que la alienación aparece recubierta de diversas escamas teóricas, entreverada en medio de una larga discusión que se suscita al contacto de nuevos y gigantescos problemas. La verdad es que los nuevos problemas son enormes. Marx ataca de frente y de modo global su concepción materialista de la historia; la expone y la propone como un ácido corrosivo frente a las especulaciones académicas e “ideológicas” de las universidades alemanas, repletas de falsos neohegelianos, más hegelianos (y, por tanto, menos) que Hegel. Este pontífice, que mereció siempre el respeto de Marx por su aplicación de la racionalidad a la historia, es también atacado. Hegel había sido criticado por Marx en los Manuscritos de 1844, especialmente en lo que respecta a la Fenomenología del Espíritu, obra central, según Marx, del pensamiento hegeliano. Pero ahora, en La ideología alemana, se trata más bien de hacer la crítica –y burla sangrienta– de los neohegelianos. Entre 1842 y 1845, dice Marx en la Introducción, ocurrió en Alemania un hecho tremebundo, aunque se tratase de algo ocurrido en la esfera del “pensamiento puro”. ¿Qué hecho era este? “Trátase –dice Marx– de un acontecimiento importante: del proceso de putrefacción del Espíritu Absoluto”. [1]

Utilizando un curioso vocablo de Duns Scoto, podemos decir que en las Tesis sobre Feuerbach se hallaban ya presentes las primalidades de la nueva concepción materialista de la historia. Exagerando este punto de vista, autores como Goldmann[2] han llegado a afirmar enfáticamente una presunta superioridad absoluta de las Tesis con respecto a La ideología alemana. La importancia de estos dos textos, dice Goldmann, “es inversamente proporcional a su longitud”. Esta es una afirmación falsa y tendenciosa. Es falsa, porque aunque redujésemos La ideología alemana a su parte primera y esencial, de unas cien páginas, todavía nos quedaría una exposición de la nueva doctrina mucho más amplia y profunda que la expuesta en las Tesis, pese a ser éstas unos diamantes teóricos. Es tendenciosa, porque quiere limitar a la nueva doctrina presentándola como lo que es en las Tesis: una mera lucha antiideólogica o, más concretamente, antireligiosa. Por el contrario, el campo teórico de La ideología alemana, aunque orientado inicialmente a caracterizar y criticar la ideología neohegeliana y la ideología en general, funde este tema a todo un diorama de variables que hacen posible, y fundamentan, la existencia misma de la ideología. La crítica irreligiosa o antimetafísica no aparece aquí planteada, en el terreno mismo de la filosofía, sino en el de la economía política. Reaparece la variable ya utilizada en los Manuscritos de 1844, a saber, la propiedad privada; y aparecen con creces otras dos grandes variables: la división del trabajo y la producción mercantil. Pero hay más. Estas variables constituyen, en La ideología alemana, las matrices del fenómeno histórico de la alienación del cual la alineación ideológica no es más que un aspecto. En lo esencial, este será también el cuadro de la teoría de la alienación en las grandes obras económicas de Marx, aunque, por supuesto, en éstas aparecerá entroncada en un análisis socioeconómico más fino y complejo. ¿Cómo puede entonces, Goldmann sugerir que La ideología alemana nada añade de esencial a las Tesis? De lo que sí podría hablarse es de algo muy distinto y que es demostrable estilísticamente: que La ideología alemana es una profundización de lo expuesto en las Tesis. Todo el vocabulario de éstas sobrenada en el de aquellas, en particular en los pasajes en que Marx hace la crítica de la crítica Feuerbachiana a Hegel.

Con lo anterior no pretendo negar el hecho notorio de que la mayor parte del enorme manuscrito se compone de farragosas polémicas que hoy tienen un interés muy escaso, si se hace excepción de uno que otro pasaje.

Pero sí me interesaba notar que en esta obra se produce un giro teórico de 180 grados. En lo que respecta al problema de la alienación se da igualmente este giro, no tanto por una formulación novedosa cuanto por una novedosa y más sólida fundamentación del problema. La alienación ya no se presenta como un juego de sutilezas de corte hegeliano; no se habla ya, por ejemplo, de “alienación de la esencia humana” o del ser “genérico”. Por el contrario, como dije antes, el problema queda ya encuadrado, de una vez por todas, en una perspectiva socioeconómica.

Según Rubel,[3] el temario metódico de La ideología alemana contiene los siguientes puntos básicos: 1) Método historiográfico; 2) Modos de producción: fuerzas de producción y relaciones sociales de producción; 3) División del trabajo; 4) Formas de propiedad; 5) Clases sociales; 6) El Estado; 7) Sociología de la revolución; 8) Ideologías; 9) La sociedad comunista. Esta caracterización de Rubel, aunque completa en lo esencial, merece ser ajustada. Por ejemplo, en vez de “ideologías” en general, es tema de esta obra una teoría general de la ideología, que constituye, por cierto, uno de sus aportes fundamentales. Por otra parte, Rubel prescinde del problema específico de la alienación, que, según ensayaré demostrar más adelante, es también un punto básico. Finalmente, Rubel, en su empeño no disimulado de hacer de Marx fundamentalmente un “sociólogo”,[4] no hace ningún énfasis en las aportaciones económicas de La ideología alemana.

De las teorías de la ideología y de la alienación hablaré más adelante. Haré ahora una breve alusión a las aportaciones económicas. La ideología alemana, hay que reconocerlo, no abunda en pasajes propiamente económicos. “En general –escribe el economista Ernest Mandel– repiten lo que Marx había desarrollado ya en Zur Kritik der Nationalökonomie (Manuscritos de 1844), pero a veces con detalles y aclaraciones valiosísimas”.[5] Por otra parte, señala Mandel algo muy importante: en esta nueva obra, Marx pasa del análisis “fenomenológico” del desarrollo histórico social a un análisis “genético”. En efecto, basta recordar la magistral caracterización del mercado mundial como génesis de un tipo de sociedad que, fundada en la gran industria ,creó por primera vez la Weltgeschichte o historia universal;[6] creó los nuevos medios de comunicación; convirtió todo el capital en capital industrial; creó una historia universal en la que todo individuo depende del mundo entero para la satisfacción de todas sus necesidades; “colocó la ciencia de la naturaleza bajo la férula del capital”; eliminó todo vestigio de régimen natural a la división del trabajo; creó las grandes ciudades industriales modernas; creó una clase internacional regida por intereses comunes; creó, en fin, un proletariado situado ante la disyuntiva de alienarse en el trabajo asalariado o, fuera de él, morirse de hambre. Por otra parte, caracteriza al comunismo, no como un ideal, sino como el movimiento real; define, dialécticamente, a las fuerzas productivas capitalistas como fuerzas de destrucción , y a las relaciones de producción como relaciones de destrucción ; hace una caracterización de las formas de propiedad que nada tiene que envidiar a la que hiciera un año antes en sus Manuscritos parisinos; y realiza un cuadro genético de la división del trabajo, como fuente primordial de la alienación, sólo superado por el que realiza posteriormente en El Capital (Vol. I, Cap. XIV). En su obra antes citada, Mandel aísla certeramente “tres aportaciones reales del progreso del pensamiento económico de Marx y Engels”, contenidas en La ideología alemana.[7]

La primera de estas aportaciones puede caracterizarse con las palabras de un pasaje de los Grundrisse: “el gran aspecto histórico del capital”.[8]

En efecto, dice Mandel, hay en La ideología alemana “una concepción más dialéctica del capitalismo y del comercio mundial”. Las relaciones mercantiles invaden todos los campos, y cambian las viejas perspectivas localistas de los individuos, que ahora se organizan internacionalmente de acuerdo a los intereses del enriquecimiento cada vez mayor, que, por supuesto, trae aparejado el incremento de la miseria y la explotación de las clases dependientes del capital. Mandel no lo hace notar, pero es evidente que hay en La ideología alemana (y así lo han reconocido varios economistas africanos y latinoamericanos) algunos de los presupuestos esenciales para una teoría del subdesarrollo. El puntal de esta teoría, genéticamente considerada el fenómeno, es la creación, gracias al mercado mundial, de grandes centros financieros y tecnológicamente desarrollados, frente a su contraparte dialéctica: grandes zonas depauperadas, proletariados externos dependientes del capital central, países repletos de materias primas que fueron engrosando cada vez mas la “acumulación originaria” de capital. El oro y plata americanos eran explotados por España, y de España pasaba generalmente a la gran potencia capitalista: Inglaterra. Por otra parte, la insistencia de Marx en la universalización de las relaciones entre capital y trabajo contiene en germen nociones tan importantes como la de internacionalismo proletariado y la del internacionalismo burgués.

La segunda de las aportaciones económicas “tiene que ver explica Mandel– con el desarrollo universal de las necesidades humanas que la gran industria moderna ha preparado ya y que el comunismo debe realizar”.[9] En una sociedad comunista primitiva, pese a no existir factores alienantes como la división del trabajo, la propiedad privada y, mucho menos, la producción mercantil, había sin embargo una peculiar alienación de las necesidades, que consistía, paradójicamente, en la ausencia casi total de necesidades. La naturaleza se transformaba, así, en un gigantesco alienum o poder extraño erigido como una potencia monstruosa frente a los endebles productores comunistas. Con la gran industria moderna surge una nueva alienación de las necesidades, pero en sentido inverso: el mercado mundial las multiplica y las universaliza con impresionante celeridad. Este fenómeno tiene dos signos, uno positivo y otro, negativo. El lado negativo es el ya intuído por Marx en los Manuscritos de 1844 y que he analizado (ver supra, II. 3. 5., Secc. 3). Consiste, esencialmente, como lo corrobora con creces el capitalismo actual, en una superproducción de necesidades que no son, en el fondo, necesidades reales humanas, sino necesidades creadas para el mercado. El lado positivo es el que, dialécticamente, señala Marx en La ideología alemana: la universalización de las necesidades, así como la universalización de las relaciones sociales, son precondiciones objetivas para el surgimiento de una sociedad comunista, en la que, eliminados todos los factores de alienación, no subsista el factor que sí había en el comunismo primitivo. La ampliación de las necesidades se convierte en ampliación de la conciencia o, para hablar como los Grundrisse, en el “desarrollo universal de los individuos”, contrapartida de la allseitige Entäusserung o “alienación universal”. Al desarrollar, aunque sea en el sentido de la alienación, todas las posibilidades humanas, el capitalismo cumple su gran misión histórica.

La tercera aportación, que se refiere al modo de distribución de la sociedad futura, viene especificada en estas palabras de La ideología alemana: “...la regla falsa, fundada en nuestras condiciones existentes, “a cada uno según sus capacidades”, en la medida en que se refiere al disfrute en el sentido más estrecho, debe transformarse en la regla: “a cada uno según sus necesidades”...; en otras palabras, la diferencia de actividad, de trabajo, no justifica la desigualdad, ni los privilegios de propiedad o de disfrute”.[10] Certeramente comenta Mandel: “Será necesario esperar a la Crítica del Programa de Gotha (se refiere a la parte I, 3 de la Crítica) para volver a encontrar esta advertencia que casi no se cita ahora en la literatura de propaganda llamada marxista...”

Comienza a aclararse ahora lo que he llamado el “giro de 180 grados” que se da en La ideología alemana. En esta obra, Marx establece, como condición sine qua non para el advenimiento de una sociedad comunista, la superación de la división del trabajo, de la propiedad privada y, sobre todo, de la producción mercantil. Este será un pensamiento hasta su muerte. Es necesario refrescarlo ahora, cuando hay teorías que conciben la supervivencia de la producción mercantil inclusive en la sociedad socialista. Teorías que, como dice Mandel, “son, en todo caso, extrañas al sistema marxista”.

 

[1] Karl Marx, Die Deutsche Ideologie, MEW, Dietz Verlag, Berlín, 1962, vol.III, p. 17. Cfr. La ideología alemana. Trad. de Wenceslao Roces, edit. Pueblos Unidos, Montevideo, 1968, p. 15. En adelante citaremos por estas ediciones.

[2] Lucien Goldmann, “L’idéologie allemande et les thèses sur Feuerbach”, en la revista L’homme et la société, No .7, París, 1968, p. 37.

[3] M.Rubel, Kart Marx: Essai de biographie intellectualle. Ed. Cit., pp. 175–176.

[4] Véase, además de la obra antes citada, Pages de Karl Marx pour une éthique socialiste, vol.I “Sociologie critique”, París, Payot, 1970.

[5] E. Mandel, La formación del pensamiento económico de Marx, ed. Cit., p. 34.

[6] Karl Marx, Die Deutsche Ideologie, ed. cit ., p. 60; trad. Esp., p.69.

[7] E. Mandel, op. Cit., pp. 34–36.


[8] K. Marx, Grundrisse der Kritik der politischen ökonomie, Marx Engels – Lenin Institut, Moscú, 193, p. 231.

[9] E. Mandel, op. cit., p. 35.

[10] K. Marx, Die Deutsche Ideologie, pp. 34–35; Cfr. Mandel, p.36

 

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