Prefacio a la segunda y tercera ediciones rusas

En esta edición he procedido a enmendar tan sólo los "lapsos" y las erratas que se habían deslizado en la primera edición. No me consideré con el derecho a introducir ni la más mínima modificación en mis argumentos,[1] sencillamente por ser este libro mío una obra polémica. En obras de esta índole, introducir cualesquiera modificaciones en su contenido, equivale enfrentar al adversario con nuevas armas, y obligándolo a él a seguir la brega, sirviéndose de las antiguas. Este es un procedimiento, en general, ilícito y, más aún, en nuestro caso, dado que el principal de mis adversarios, N. E. Mijailovski, ya no vive[2].

Los críticos a mis concepciones han afirmado que éstas, en primer lugar, sois incorrectas de por sí; en segundo término, que son particularmente erróneas en su aplicación a Rusia, la que está destinada, según ellos, a seguir, en el terreno económico, su propia ruta original; en tercer lugar, alegan, que mis concepciones predisponen a sus partidarios a la pasividad y al "quietismo". Es muy poco probable que alguien se decida a repetir este reproche último en la actualidad. En lo que hace al segundo reproche, también ha sido refutado, palpablemente, por todo el curso de la evolución. de la vida económica rusa de la última década. En lo que se refiere al primer reproche, bastaría con trabar conocimiento, aunque más no sea que con la literatura etnológica de los últimos tiempos, para convencerse de la justeza de nuestra interpretación de la historia. Toda obra seria acerca de la "cultura primitiva" se ve obligada, invariablemente, a recurrir a dicha interpretación cada vez que se trate de la conexión causal de los fenómenos de la vida social y espiritual de los pueblos "salvajes". A modo de empleo, señalaré la obra clásica de Von den Stein, "Unter den Naturvölkerm Zentral-Braziliens".[3] Pero de por si, se entiende que aquí no puedo extenderme sobre esta materia.

A algunos de mis críticos doy una réplica en el artículo aquí incluido "Algunas palabras a nuestros adversarios", que he publicado bajo un seudónimo, motivo por el cual, en dicho artículo he tenido que referirme a mi libro como si su autor fuese otra persona, cuyas concepciones son también las mías.[4] Pero este artículo deja sin respuesta las críticas que el señor Kudrin me había formulado, en la revista

"Russkoe Bogatstvo", ya después de la aparición de mi mencionado artículo.[5] Sobre este último señor, diré aquí dos palabras.

Al parecer, el argumento más serio que contra el materialismo histórico esgrime el señor Kudrin, es —según él— el hecho de que una y la misma religión, digamos el budismo, es predicada, a veces, por pueblos situados a niveles sumamente diferentes de la evolución económica. Pero este argumento sólo a primera vista parece ser sólido. Las observaciones realizadas han mostrado que, en estos casos, "una y la misma religión" cambia sustancialmente su contenido de conformidad con el grado de desarrollo económico de los pueblos que la predican.

También deseo replicar al señor Kudrin lo que sigue. Este señor ha encontrado un error en mi traducción del texto de Plutarco (véase la nota al pie N.º 199 del presente trabajo) y formula, a raíz de esa falla, algunas observaciones sumamente sarcásticas.[6] Pero, en realidad, en tal falla yo "no tengo ni arte ni parte". Estando de viaje durante la edición de mi libro, había enviado a Petersburgo los originales, en los que la cita de Plutarco no figuraba, indicando tan sólo los párrafos de este autor que habría de transcribir. Una de las personas que había intervenido en la edición —y que probablemente habría egresado del mismo liceo clásico en el que había estudiado el sabio señor Kudrin, tradujo las citas por mí señaladas y... cometió el error marcado por el señor Kudrin. Ello, por supuesto, es digno de lamentarse. Pero también debe decirse que ésta fue la única laguna que pudieron probarme nuestros adversarios. A ellos también hay que proporcionarles alguna satisfacción moral. De modo, que por razones de "humanidad", hasta estoy contento de esa laguna.

Beltov.[7]


Capítulo Primero. El materialismo francés del siglo XVIII

"Si encuentra actualmente —dice el señor Mijailovski[8]— a un joven... que le manifiesta, incluso con un apresuramiento un tanto exagerado; que es "materialista", ello no denotará que lo sea en el sentido filosófico general de este término, como lo eran antiguamente entre nosotros los admiradores de Buchner y Moleschott. Muy frecuentemente, su interlocutor no exteriorizará su más mínimo interés por el aspecto metafísico, ni por el científico del materialismo, e incluso, las nociones que tiene acerca de ellos son sumamente vagas. Lo que este joven quiere expresar, es que se considera un adepto de la teoría del materialismo económico, y ello, también en un sentido particular, convencional. ".[9]

No sabemos qué clase de jóvenes ha encontrado el señor Mijailovski. Pero las palabras de éste pueden dar motivo para pensar que la doctrina de los representantes del "materialismo económico" carezcan de toda conexión con el materialismo "en el sentido filosófico general". ¿Será cierto esto? En realidad, el "materialismo económico", ¿es tan estrecho y pobre de contenido como le parece al señor Mijailovski?

Una breve reseña de la historia de esta doctrina nos suministrará la respuesta.

¿Qué debe entenderse por "materialismo en el sentido filosófico general"?

El materialismo es algo directamente opuesto al idealismo. Este último tiende a explicar todos los fenómenos de la naturaleza, todas las peculiaridades de la materia, por unas u otras propiedades del espíritu. El materialismo procede justamente a la inversa. Trata de explicar los fenómenos síquicos por unas u otras propiedades de la materia, por esta u otra contextura del cuerpo humano, o, en general, del cuerpo animal. Todos los filósofos para quienes la materia es el factor primario, pertenecen al campo de los materialistas; en cambio, los que estiman que tal factor es el espíritu, son idealistas. Esto es todo lo que se puede decir acerca del materialismo, en general, acerca del "materialismo en el sentido filosófico general", puesto que el tiempo ha erigido sobre su tesis fundamental las más diversas superestructuras, que han dotado al materialismo de una época, de una apariencia completamente diferente, comparada con la del de otra época.

 El materialismo y el idealismo son las dos únicas corrientes más importantes del pensamiento filosófico. Cierto es que a la par con ellas casi siempre han existido otros sistemas dualistas, los cuales afirmaban que la materia y el espíritu eran sustancias separadas e independientes. El dualismo jamás ha podido dar una respuesta satisfactoria al problema de cómo estas dos sustancias separadas, que no tenían nada de común entre sí, podían influir la una sobre la otra. Esta es la razón por la cual los pensadores más consecuentes y más profundos se inclinaban siempre al monismo, esto es, a explicar los fenómenos Por un principio fundamental único cualquiera, (monos, en griego, quiere decir único). Todo idealista consecuente es monista, en igual grado que lo es todo materialista consecuente. En este aspecto, no hay ninguna diferencia, por ejemplo, entre Berkeley y Holbach. El primero era un idealista consecuente, el segundo, un materialista no menos consecuente, pero uno y otro eran igualmente monistas; tanto el uno como el otro comprendían igualmente bien la falta de fundamento de la concepción dualista del mundo, tal vez la más difundida hasta entonces.

Durante la primera mitad de nuestro siglo imperaba en_ la filosofía el monismo idealista; durante su segunda mitad, en la ciencia, —con la cual, por aquel entonces la filosofía se había fusionado totalmente—, triunfó el monismo materialista, aunque no siempre, ni muchísimo menos, dicho sea de paso, fue consecuente.

No tenemos ninguna necesidad de exponer aquí toda la 'historia del materialismo Para el objetivo que nos hemos propuesto bastará con analizar su desarrollo a partir de la segunda mitad del siglo pasado. Pero, aún así, será importante para nosotros no perder de vista una sola cosa principalmente —por cierto, la más, fundamental—, su orientación; esto es, el materialismo de Holbach, Helvecio y de los correligionarios de éstos..

Los materialistas de esta tendencia habían librado una fervorosa polémica contra los pensadores oficiales de esa época, los cuales, invocando a Descartes --a quien difícilmente habían comprendido como es debido—, aseveraban la existencia, en el hombre, de ciertas ideas innatas, o sea, ideas independientes con respecto a h. experiencia. Los materialistas franceses, al impugnar este punto de vista, no hicieron, propiamente hablando, sino exponer la doctrina de Locke, que ya a fines del siglo XVII había demostrado que tales ideas innatas. no existen (no innate principles). Pero los materialistas franceses, al exponer la doctrina de este pensador inglés, la dotaron de una forma más consecuente, colocando los puntos sobre las íes y que Locke no quiso tocar, como buen liberal inglés bien educado que era. Los materialistas franceses eran sensualistas intrépidos, consecuentes hasta el final; esto es, consideraban que todas las funciones síquicas del hombre no eran más que una variación de las sensaciones. Sería inútil verificar aquí hasta qué punto sus argumentos, en éste o en el otro caso, fueron satisfactorios desde el ángulo de miras de la ciencia de nuestra época. De por sí se entiende que los materialistas franceses no conocían muchas cosas que en la actualidad las sabe cualquier escolar; basta recordar los conceptos sobre química y física sustentados por Holbach, quien, sin embargo, conocía excelentemente las ciencias naturales de su tiempo. Pero los materialistas franceses contaban con el irrefutable. e inconmutable mérito de haber razonado consecuentemente desde el punto de vista de la ciencia de su época, y ello es todo lo que puede y debe reclamarse de los pensadores.

No sorprende que la ciencia de nuestra época haya avanzado mucho más allá que los materialistas franceses del siglo pasado; lo importante es que los adversarios de estos filósofos, eran hombres atrasados, incluso ya en relación con la ciencia de aquel entonces. Ciertamente, los historiadores de la filosofía suelen contraponer a los criterios de los materialistas franceses el punto de vista de Kant, a quien, por supuesto, seria gratuito reprocharle insuficiencia de conocimientos, Pero esta contraposición no es, ni muchísimo menos, fundada, y no sería difícil mostrar que tanto Kant como los materialistas franceses habían sustentado, en el fondo, un solo punto de vista. Pero lo utilizaron de distinta manera. Razón por la cual arribaron también a distintas conclusiones, de acuerdo con las diferencias existentes en las peculiaridades de las relaciones sociales, bajo cuyas influencias ellos vivían y pensaban. Sabemos que esta opinión les parecerá paradójica a las gentes habituadas a creer en la palabra de los historiadores de la filosofía. No tenemos la posibilidad de corroborarla aquí con argumentos sólidos, pero tampoco renunciamos a hacerlo, si es que nuestros adversarios así lo desearan.

Sea como fuere, todos saben que los materialistas franceses consideraban toda la actividad síquica del hombre como una variación de las sensaciones (sensations transformées). Considerar la actividad síquica desde este ángulo de miras, equivale estimar todas las ideas, todos los conceptos y sentimientos del hombre como resultado de la influencia que sobre él ejerce el medio ambiente que lo circunda. Y así es justamente como los materialistas franceses miraban este problema. Constante, fervorosa y categóricamente, de modo absoluto anunciaban que el hombre, con todas sus concepciones y sentimientos, es lo . que su medio ambiente hace de él, o sea, en primer lugar, la naturaleza, y, en segundo lugar, la sociedad. "L'homme est tout éducation" ("el hombre depende íntegramente de la educación"), asevera Helvecio, entendiendo por "educación" todo el conjunto de las influencias sociales. Este criterio acerca del hombre, como fruto del medio ambiente, es la base teórica principal de las demandas innovadoras de los materialistas franceses. En efecto, si el hombre depende del medio ambiente que lo rodea, si a éste le debe todas las peculiaridades de su carácter, le debe también, entre otras cosas, sus defectos; por consiguiente, si quieren luchar contra estos últimos, tienen, de un. modo adecuado que transformar su medio ambiente, y, además, el medioambiente social, puesto que la naturaleza no hace al hombre ni malo ni bueno.

Sitúen a los hombres en relaciones sociales racionales, esto es, en condiciones bajo las cuales el instinto de conservación de cada uno de ellos deje de impulsarlo a la lucha contra el resto de sus semejantes; concuerden el interés de cada hombre individual con los intereses de toda la sociedad, y la virtud (vertu) liará su aparición por sí misma, igual que la piedra carente de un sustentáculo, se viene por sí misma al suelo. La virtud no debe predicarse sino prepararla mediante una estructura racional de las relaciones sociales. Por la mano diestra de los conservadores y reaccionarios del siglo pasado, la moral de los materialistas franceses es, hasta hoy día, considerada como una moral egoísta. Ellos mismos la definieron correctamente, al decir que dicha moral, entre ellos, se transforma íntegramente en política.

La doctrina acerca de que el mundo espiritual del hombre representa el fruto del medio ambiente, no raras veces había llevado a los materialistas franceses a conclusiones que ni ellos mismos habían esperado. Así, por ejemplo, decían a veces que los criterios del .hombre igualmente no ejercen ninguna influencia sobre su conducta; motivo por el cual la divulgación de éstas o de las otras ideas en la sociedad, no pueden aliviar ni un ápice su destino ulterior. Más adelante habremos de mostrar en qué radicaba el error de esta opinión, ahora, en cambio, dedicaremos la atención a otro aspecto de las concepciones de los materialistas franceses.

Si las ideas de todo hombre dado están determinadas por su medio ambiente, las ideas de la humanidad, en su evolución histórica, las forma el desarrollo del medio ambiente social, la historia de las relaciones sociales. Por consiguiente, si tuviéramos la intención de esbozar el cuadro del. "progreso de la razón humana" y, además, no nos limitáramos a la cuestión de "¿cómo?" (¿Cómo precisamente se había efectuado el movimiento histórico de La razón?) y nos planteáramos el interrogante completamente natural, ¿Por qué? (¿Por qué se había efectuado precisamente así y no de otro modo?), tendríamos que empezar por la historia del medio ambiente, por la historia del desarrollo de las relaciones sociales. El centro de gravedad de la investigación, habría sido trasladado, de esta manera, por lo menos durante los primeros tiempos, al aspecto de la investigación de las leyes que presiden la evolución social. Los materialistas franceses habían llegado de lleno a la consideración de esta tarea, pero no habían podido, no sólo resolverla, sino ni siquiera plantearla correctamente.

 

[1] El libro "Nuestras discrepancias" fue escrito por Plejanov en el verano de 1884 y editado al principio de 1885. Engels tuvo en muy alto aprecio este trabajo teórico de Plejanov, habiéndolo manifestado así en su carta dirigida el 23 de abril de 1885 a V. I. Zasulich. El propio Plejanov atribuía una significación especial a este libro, como la etapa más importante en la lucha ideológica contra el populismo. Esta obra apareció legalmente, como tercera entrega de la "Biblioteca del socialismo contemporáneo", habiendo sido el segundo, después del folleto "El socialismo y la lucha política", gran trabajo teórico del grupo "Emancipación del Trabajo". Diez años después de su aparición, Plejanov biza dos tentativas de publicar con el mismo título y como su segunda parte, sus nuevas obras, esta vez enderezadas ya contra los populistas liberales, Mijailovski, Vorontsev y otros. Pero como estas dos obras habían aparecido legalmente, Plejanov, para no poner al descubierto la identidad del autor, tuvo que darles otros títulos ("Contribución al problema del desarrollo de la concepción monista de la historia" y "La fundamentación del populismo en las obras del señor Vorontsov (V. V.)". Más tarde, habiéndose manifestado en contra de los epígonos del populismo, los social revolucionarios, Plejanov tuvo otra vez la intención de utilizar este titulo para el folleto que había escrito contra dios. Pero, este folleto quedó inacabado y apareció en forma de varios artículos, con el título de "El proletariado y los campesinos", en el periódico "Iskra" ("La Chispa"), (números 32-85 del año 1903).

[2] La proximidad de la revolución de 1005 ofreció la posibilidad de publicar una segunda, edición de libro en Rusia. La segunda edición de esta obra que se pensaba publicar en el extranjero, tampoco apareció. Durante este intervalo, en 1904, falleció Mijailovski, adversario principal, contra el cual Plejanov habla dirigido sus flechas polémicas. Tanto la edición. de 1905, la segunda, como asimismo la tercera, aparecida en 1906, se publicaron sin ninguna modificación. sustancial. En el ínterin había madurado la necesidad de hacer algunos complementos a la primera edición, tema al cual se refiere Plejanov en su carta del 9 de febrero de 1904, dirigida al grupo de simpatizantes en Berna del Partido Obrero Social Demócrata Ruso. (Véase "Herencia literaria de G. V. Plejanov", recopilación IV, 1937, pág. 203). En el archivo de Plejanov se ha conservada un interesante documento, un borrador sucinto que contiene los bosquejos de tales complementos, una serie de alusiones que habían de ser desarrolladas más ampliamente en el libro de Beltov. Este documento, en forma descifrada, está publicado en la "Herencia literaria de G. V. Plejanov", recopilación IV, págs-203-236 En los comentarios de le presente edición, transcribimos algunos de estos complementos.

[3] “ Entre los pueblos primitivos del Centro del Brasil”.

[4] Véase la referencia al Anexo N.° 2, "Unas cuantas palabras a nuestros adversarios", de la presente edición, Referencia Nº 406.

[5] Se tiene en vista el articulo de N. Kudrin "En las alturas de la verdad objetiva", que constituye un comentario al libro de Beltov; se publicó en el N.º 5 de "Russhoie Bogatstvo" de 1895, págs. 144-170.

[6] Kudrin reprocha a Beltov (a Plejanov) de "haber tomado la cita de Plutarco, no en el texto original de este pensador, sino que dio, casualmente, con una mala traducción de ella, publicada en cualquier librito" (pág. 146).

[7] N. Beltov, pseudónimo literario que PIejanov emplea para: el presente libro.

[8] El artículo tic N. K. leriailovski que se cita aquí y más adelante, se publicó en "Russkoie Bogatstvo", de 1894, N.º 1, como el primero de una serie de sus artículos, publicados bajo el título general de "Literatura y vida", fue uno de los primeros artículos con el que los populistas liberales habían iniciado la campaña contra los marxistas.

[9] “Busskoie Bogatstvo”, enero 1894, sec. II, pág. 98.

 

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