INTRODUCCIÓN

Si hay algo característico del marxismo y que lo distingue de cualquier otra teoría, ese algo es la concepción materialista de la Historia. El propio Marx nos explica en qué consiste esta concepción: “Mi primer trabajo, emprendido para resolver las dudas que me asaltaban, fue una revisión crítica de la filosofía hegeliana del derecho, trabajo cuya introducción vio la luz en 1844 en los Deutsch-Französische Jahrbücher, que se publicaban en París. Mi investigación desembocaba en el resultado de que, tanto las relaciones jurídicas como las formas de Estado no pueden comprenderse por sí mismas ni por la llamada evolución general del espíritu humano, sino que radican, por el contrario, en las condiciones materiales de vida cuyo conjunto resume Hegel, siguiendo el precedente de los ingleses y franceses del siglo XVIII, bajo el nombre de “sociedad civil”, y que la anatomía de la sociedad civil hay que buscarla en la Economía Política... El resultado general a que llegué y que, una vez obtenido, sirvió de hilo conductor a mis estudios, puede resumirse así: en la producción social de su vida, los hombres contraen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción, que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia.”[1]

4   Y a continuación: “Mientras en Alemania... salió a la palestra el partido proletario alemán. Todo el contenido de la teoría de este partido emanaba del estudio de la Economía Política (subrayado por E. M.), y del instante de su advenimiento data también la Economía Política alemana como ciencia con existencia propia. Esta Economía Política alemana se basa sustancialmente en la concepción materialista de la historia.”[2]

Así, pues, cuando al abordar una cuestión cualquiera, se parte del “derecho”, como hacen todos los defensores del “derecho a la autodeterminación” de todos los pueblos, ya se está partiendo de una base falsa y su resultado sólo puede ser un error.

Por el contrario, toda la producción teórica de Marx y Engels estará inspirada, a lo largo de toda su vida, por esta concepción materialista. Y siguiendo esta pauta, Engels nos ofrece en el primer artículo reproducido en este libro, “La decadencia del feudalismo y el desarrollo de la burguesía”, un análisis de la formación de los modernos Estados capitalistas. Engels nos muestra, en primer lugar, cómo, tras la caída del Imperio Romano, la producción material ha sufrido un retroceso; casi ha desaparecido el comercio y, por tanto, la producción de mercancías, y la economía es básicamente una economía natural, una economía agraria autosuficiente en que dentro de las posesiones de los señores feudales se produce y se consume casi todo lo necesario para vivir. Pero a medida que transcurre el tiempo, van cobrando nueva vida las pocas ciudades supervivientes de la época de los romanos y van surgiendo otras nuevas. En ellas va adquiriendo cada vez más impulso la producción artesanal y el comercio hasta que, finalmente, la burguesía de estas ciudades se ve obligada a luchar contra el orden establecido, contra las relaciones sociales y económicas existentes para poder seguir desarrollando la naciente producción mercantil y capitalista. Este es el origen de las luchas por el derrocamiento del feudalismo y para la creación de los nuevos Estados capitalistas, y no ningún “derecho”, ni divino ni humano.

5   Ahora bien, el terreno requerido por estos nuevos Estados capitalistas para poder desarrollarse sin obstáculos es un gran territorio en el que se pueda producir y comerciar sin trabas y así poder desarrollar los medios materiales de producción, lo cual requiere, a su vez, una legislación común para todo el territorio y, por tanto, un Estado moderno que es la negación de los pequeños Estados feudales con sus trabas locales infinitas para la circulación de mercancías y personas. No es, por tanto, una casualidad que al estallar la revolución en Alemania en 1848, Marx y Engels afirmen en el manifiesto publicado bajo el título de “Reivindicaciones del partido comunista”: “1. Todo el territorio formará una república, una e indivisible.” Y hasta tal punto defienden la necesidad de un gran Estado para poder realizar el cometido ya mencionado, el desarrollo de los medios materiales de producción, que cuando esta tarea no es llevada a término por la burguesía por el miedo de ésta al creciente peligro proletario, ellos no dejan de considerar la realización de esta obra por Bismarck como positiva, como una revolución por arriba. Y, en efecto, es la creación de este gran Estado el que posibilitó el gran desarrollo del proletariado alemán y su unificación, pues no hay que olvidar que, a fin de cuentas, el proletariado es un producto del capitalismo aunque, al final del proceso, sea este mismo proletariado el que acabe con el capitalismo que lo engendró. ¿Se imagina alguien a Marx y Engels lloriqueando por los pobrecitos pequeños Estados alemanes cuyos derechos a la “autodeterminación” han sido pisoteados sin piedad por el recién creado Estado alemán, aunque éste esté bajo la égida de Bismarck?

Conviene recordar que toda esta palabrería que tanto nos calienta los oídos acerca de la “autodeterminación”, del federalismo u otras vacuidades no es más que los disfraces que adopta la vieja aspiración reaccionaria de mantener dividido el territorio y su población, para mejor conservar los privilegios reaccionarios. Pero en su artículo del 14 de febrero de 1849 en la Nueva Gaceta Renana, “Paneslavismo democrático”, Engels nos recuerda que “Ahora, sin embargo, la centralización política es una necesidad más grande que en los siglos XV y XVI, por los adelantos formidables de la industria, el comercio y las comunicaciones. Se está centralizando lo que falta. Y los paneslavistas llegan ahora a exigir que ‘liberemos’ a estos eslavos medio germanizados, que detengamos una centralización a la que sus intereses materiales obligan a estos eslavos.” Por cierto, ¿qué diría Engels ante los nuevos medios de comunicación de nuestros días: Internet, satélites de comunicaciones, telefonía móvil, aviones supersónicos, trenes de gran velocidad...? ¿Diría que hay que detener tanta centralización y trocear las comunicaciones a gusto de todos los autodeterministas y federalistas o, por el contrario, diría a los trabajadores que las utilizasen para centralizar sus luchas y derrocar de una vez por todas el capitalismo?

6   Y no olvidemos, por lo demás, que la futura sociedad socialista o comunista será posible sobre la base creada por el capitalismo, sobre la base constituida por los grandes medios materiales de producción y comunicación, base que sólo podrá ser utilizada por el proletariado una vez que haya derrocado el capitalismo a través de la revolución y comience la transformación revolucionaria de la sociedad para pasar a la nueva sociedad sin clases.

Pero, si la creación de los grandes Estados capitalistas ha sido una necesidad histórica para desarrollar los medios materiales de producción y, por tanto, para liberar a la humanidad de la esclavitud que representa tener que dedicar todo su tiempo a trabajar para producir lo indispensable para poder vivir, sin que le quedase tiempo para el libre desarrollo de los individuos y de la sociedad en su conjunto; si todo esto ha sido indispensable para poder pasar, apoyándose en esta base, del reino de la necesidad al de la libertad, basada en la abundancia y en el dominio de las fuerzas de la naturaleza y en el conocimiento de las leyes que rigen el propio desarrollo social, que será posible sólo en la sociedad sin clases, ¿qué papel representan los nacionalismos?

7   Los nacionalismos son, por su propia naturaleza, reaccionarios. Representan la tendencia contraria a la creación de los grandes Estados, al desarrollo en gran escala de los medios de producción y comunicación. Anteponen sus mezquinas aspiraciones nacionales, en palabras de Engels, a la revolución. Y esto es así desde el primer momento. Cada vez que se presenta una gran ocasión histórica, una gran revolución, ellos toman el bando de la contrarrevolución. Escuchemos a Engels en su artículo “Hungría y el paneslavismo”, de enero de 1849: “En Escocia fueron los gaélicos quienes apoyaron a los Estuardo de 1640 a 1745; en Francia, los bretones, que apoyaron a los Borbones de 1792 a 1800; en España, los vascos, que apoyaron a Don Carlos; en Austria, a su vez, los paneslavistas eslavos del sur, que no son otra cosa que los residuos de la evolución muy confusa de mil años. Es natural que este desecho étnico muy mezclado, vea su salvación sólo a través de la inversión de todo el movimiento europeo, que para él debería ir de este a oeste y no de oeste a este, que para él el arma de liberación, el lazo de unión, sea el látigo ruso.” Es decir, no es que los nacionalismos estén ya desfasados hoy día, no; es que ya carecían de todo fundamento desde el mismo momento en que nacieron, puesto que ya entonces representaban una tendencia contrarrevolucionaria.

Una vez más, Engels, en su artículo “¿Qué tienen que ver con Polonia las clases trabajadoras?”, nos dice: “Después del coup d’état de 1851, Luis Napoleón, el emperador ‘por la gracia de Dios y la voluntad nacional’, tuvo que buscar un nombre popular y democratizado para su política exterior. ¿Qué mejor que poner en sus banderas el lema del ‘principio de las nacionalidades’? Cada nación árbitro de su propia suerte. Cualquier pedazo suelto de cualquier nación podría unirse a su madre patria. ¿Qué podía ser más liberal? Pero, fíjense que ya no se trata de naciones sino de nacionalidades.

No hay país en Europa que no tenga distintas nacionalidades bajo su gobierno. Los montañeses gaélicos y los galeses son indudablemente de distinta nacionalidad que los ingleses, aunque nadie llamaría naciones a los restos de estos pueblos del pasado, como tampoco a los célticos de la Bretaña francesa. Además, ninguna frontera coincide con el lazo natural de la nacionalidad, el idioma...

8   Aquí vemos la diferencia entre el ‘principio de nacionalidades’ y el viejo credo de la democracia y de la clase trabajadora del derecho de las grandes naciones europeas a separarse y gozar de una existencia independiente. El ‘principio de nacionalidades’ deja de lado la gran cuestión del derecho a la existencia nacional de los pueblos históricos de Europa, y si no lo hace, lo confunde. El principio de nacionalidades origina dos clases de problemas; primero, problemas de límites entre estos grandes pueblos de la historia; segundo, problemas sobre los derechos a la existencia nacional independiente de esas reliquias de pueblos numerosas y pequeñas, que después de haber estado en el escenario histórico, fueron absorbidas por una u otra de las naciones poderosas cuya mayor fuerza les permitía vencer obstáculos más grandes. Lo significativo de Europa, la fuerza de un pueblo, no es nada para el principio de nacionalidades; ante él los rumanos de Valaquia, que nunca tuvieron historia, ni la energía para tenerla, son tan importantes como los italianos que tienen una historia de dos mil años y una fuerza nacional constante; los de Gales y la isla de Man tendrían, si lo quisiesen, igual derecho a la existencia política independiente, por absurdo que fuese, que los ingleses. Todo el asunto es algo absurdo presentado con aspecto popular para engañar a los pueblos y para usarlo como haga falta o para dejarlo de lado si no conviene.” (subr. por E. M.)

Marx, a su vez, nos dice en su escrito Herr Vogt, publicado en 1860: “Del ‘principio de la nacionalidad’ abusó, en suma, Luis Bonaparte en los principados danubianos para enmascarar su transferencia a Rusia, tanto como el gobierno austriaco del 1848-49 abusara del principio de nacionalidad para sofocar la revolución magiar y alemana mediante los serbios, eslavones, croatas, valacos, etc.” (Capítulo VIII, Dâdâ Vogt y sus estudios, p. 149 de Ed. ZERO, 1974)

9   Pero si los nacionalismos ya eran contrarrevolucionarios en el momento de su nacimiento en los siglos XVII, XVIII y XIX, ¿qué papel juegan hoy día? Desde que el capitalismo llegó a su pleno desarrollo a comienzos del siglo XX, las grandes potencias capitalistas ya no han tenido que luchar contra el régimen feudal que, en su conjunto, había sido vencido por el capitalismo. Estas grandes potencias se enzarzaron en guerras entre sí para un nuevo reparto del mundo, es decir, guerras que ya no tenían nada de progresistas en sentido histórico, sino todo lo contrario, guerras de supervivencia del capitalismo en las que se han destruido ingentes cantidades de fuerzas productivas materiales y millones de trabajadores, o sea, fuerza viva de trabajo. Como consecuencia de estas guerras, y a falta del triunfo de la revolución proletaria mundial, las grandes potencias se han repartido Europa —y lo que no es Europa— según la fuerza de cada una de ellas, y en este reparto los países menores y, más aún, los restos de pueblos antiguos o nacionalidades, sólo han sido objeto de sus apetencias y la aparente independencia de todos ellos sólo es la máscara que encubre la dominación efectiva de los grandes países capitalistas sobre todos estos países o pueblos menores. Basta echar una ojeada a los Balcanes, al Cáucaso o al Báltico para comprender la ridiculez de la “independencia” de todas estas nuevas republiquitas que, tan pronto como han “conseguido” su independencia, salen corriendo para Bruselas para que las centralicen económicamente. Dice Engels en su artículo del 7 de septiembre de 1848 en la Nueva Gaceta Renana: “La ideología propone y el mercantilismo dispone ¡Trágica ironía de la historia universal!” Trasladada a nuestra actualidad europea, esta sentencia puede formularse así: La ideología propone mil nacionalismos, el mercantilismo dispone la Unión Europea. Y la centralización económica conlleva la centralización política, a pesar de las apariencias de independencia. Pero es más: la burguesía, para mejor dominar a todos estos países menores, fomenta intencionadamente los nacionalismos para que se odien mutuamente y, sobre todo, para impedir que el proletariado de los distintos países pueda tener conciencia clara de sus intereses de clase, no nacionales, y así impedir la unificación de sus luchas por el derrocamiento del capitalismo. Éste es el verdadero sentido de los nacionalismos hoy en día: impedir que los proletarios tengan una conciencia clara de sus intereses de clase y tengan una independencia política como tal clase que ha de luchar por el derrocamiento del capitalismo. Y esto vale no sólo para las nuevas repúblicas de reciente creación, sino para todos los nacionalismos europeos incrustados en los viejos países, como España, por ejemplo.

10   Conviene recordar, a este propósito, que en Europa occidental las corrientes leninistas se desgañitan gritando a favor del derecho de todos los pueblos y nacionalidades a la autodeterminación, es decir, a su constitución en Estados independientes. Sin embargo, su maestro, Lenin, les dice ya en 1914: “En la Europa occidental, continental, la época de las revoluciones democrático-burguesas abarca un intervalo de tiempo bastante determinado, aproximadamente de 1789 a 1871. Ésta fue precisamente la época de los movimientos nacionales y de la creación de los Estados nacionales. Terminada esta época, la Europa Occidental había cristalizado en un sistema de Estados burgueses que, además, eran, como norma, Estados nacionalmente homogéneos. Por eso, buscar ahora el derecho a la autodeterminación en los programas de los socialistas de la Europa Occidental significa no comprender el abecé del marxismo.”[3] Lo que significa que los epígonos de Lenin no sólo no son marxistas, sino que ni siquiera tienen derecho a llamarse leninistas, a menos que se arroguen el derecho de servirse a Lenin a sí mismos a la carta.

Pero no sólo las nacionalidades sino que ni siquiera las naciones son algo eterno, algo inmutable. No podemos enarbolar la consigna “Derecho de las naciones a la independencia” y pasearnos por la Historia como si dicha consigna fuese aplicable en toda época y en todo lugar. La constitución de los Estados nacionales tiene su justificación en un momento y lugar determinado, y llega otro momento en que lo que requiere el sucesivo desarrollo de la sociedad es precisamente la eliminación de todo Estado nacional y su sustitución por una sociedad sin Estados y, por tanto, sin clases, es decir, llega un momento en que por lo que hay que luchar es por la destrucción del capitalismo y el establecimiento de la sociedad comunista.

11  Si la constitución de los modernos Estados nacionales, en su forma monárquica, comienza hacia el siglo XV-XVI, su constitución como Estados nacionales burgueses acaba con el siglo XIX. A partir de ahí, una vez cumplida su misión, es decir, el desarrollo de las fuerzas productivas materiales hasta llevar al capitalismo a su apogeo, su pervivencia como tales Estados ya ha dejado de tener justificación histórica. Ahora, lo que el sucesivo progreso de la sociedad demanda no es la constitución de nuevos Estados, sino la eliminación de todos los Estados existentes. Aquí puede verse hasta qué punto todos los defensores de la constitución de nuevos Estados andan extraviados. Si ya sobran aquellos que en un momento tuvieron justificación, porque la sociedad ha alcanzado un grado de desarrollo superior y hemos llegado a otra época, ¿cómo vamos a recomenzar por el principio, o sea, por la constitución, otra vez, de los Estados?

Contra esta manera dogmática de aplicar el resultado de un análisis en todo tiempo, lugar y país —en este caso, la constitución de los Estadoscomo si fuese un dogma eterno, Marx nos previene: “Bueno, ¿de qué manera mi crítico puede aplicar este desarrollo a Rusia? Solamente así: si Rusia trata de convertirse en una nación capitalista, como las de Europa occidental, y en los últimos años ha hecho esfuerzos crecientes en esta dirección, no triunfará sin haber transformado antes una buena parte de sus campesinos en proletarios y después, una vez que haya cruzado el umbral del sistema capitalista, tendrá que someterse a las leyes implacables de este sistema, como se han sometido las otras naciones occidentales. Esto es todo, pero es demasiado para mi crítico. Para él es necesario reemplazar mi boceto sobre el origen del capitalismo en Europa occidental por una teoría histórico-filosófica de un Progreso Universal, impuesto fatalmente a todos los pueblos, sin consideración alguna acerca de las circunstancias históricas de su actual etapa de desarrollo, terminando finalmente en un sistema económico que asegure la mayor cantidad de fuerza productiva de trabajo social y posibilidades para la evolución del hombre. Pero tengo que objetar... nunca se encontrará el ‘ábrete sésamo’ de una teoría históricofilosófica cuya virtud suprema consiste en ser supra histórica (es decir, ubicada más allá del límite de la historia).”[4] Si sustituimos el tema del desarrollo de Rusia por el de la constitución de los Estados, veremos que los defensores del “derecho a la autodeterminación” lo que hacen es eso mismo: aplicar una teoría histórico-filosófica supra-histórica a toda nación, nacioncita, pueblo o resto de pueblo que nos encontremos en cualquier época.

 

[1] Carlos Marx y Federico Engels, Obras escogidas, tomo I, pp. 517-8: Contribución a la crítica de la Economía Política, Editorial Progreso, Moscú, 1981.

[2] Op. cit., pp. 522-3. 4

[3] Lenin, Sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación, Obras Escogidas, tomo I, p. 626. Editorial Progreso, Moscú, 1970.

[4] Carlos Marx, Carta sobre la evolución económica de Rusia, en “Marx y Engels contra Rusia”, p.p. 228-9, Ediciones Líbera, 1965, Buenos Aires, Argentina.

 

 

Ver el documento completo