LAS LUCHAS DE CLASES EN FRANCIA DE 1848 A 1850[1]

Introducción de F. Enges a la edición de 1895[2]

El trabajo que aquí reeditamos fue el primer ensayo de Marx para explicar un fragmento de historia contemporánea mediante su concepción materialista, partiendo de la situación económica existente. En el "Manifiesto Comunista" se había aplicado a grandes rasgos la teoría a toda la historia moderna, y en los artículos publicados por Marx y por mí en la "Neue Rheinische Zeitung"[3], esta teoría había sido empleada constantemente para explicar los acontecimientos políticos del momento. Aquí, en cambio, se trataba de poner de manifiesto, a lo largo de una evolución de varios años, tan crítica como típica para toda Europa, el nexo causal interno; se trataba pues de reducir, siguiendo la concepción del autor, los acontecimientos políticos a efectos de causas, en úItima instancia económicas. 

Cuando se aprecian sucesos y series de sucesos de la historia diaria, jamás podemos remontarnos hasta las últimas causas económicas. Ni siquiera hoy, cuando la prensa especializada suministra materiales tan abundantes, se podría, ni aun en Inglaterra, seguir día a día la marcha de la industria y del comercio en el mercado mundial y los cambios operados en los métodos de producción, hasta el punto de poder, en cualquier momento hacer el balance general de estos factores, múltiplemente complejos y constantemente cambiantes; máxime cuando los más importantes de ellos actúan, en la mayoría de los casos, escondidos durante largo tiempo antes de salir repentinamente y de un modo violento a la superficie.

 Una visión clara de conjunto sobre la historia económica de un período dado no puede conseguirse nunca en el momento mismo, sino sólo con posterioridad, después de haber reunido y tamizado los materiales. La estadística es un medio auxiliar necesario para esto, y la estadística va siempre a la zaga, renqueando. Por eso, cuando se trata de la historia contemporánea corriente, se verá uno forzado con harta frecuencia a considerar este factor, el más decisivo, como un factor constante, a considerar como dada para todo el período y como invariable la situación económica con que nos encontramos al comenzar el período en cuestión, o a no tener en cuenta más que aquellos cambios operados en esta situación, que por derivar de acontecimientos patentes sean también patentes y claros. Por esta razón, aquí el método materialista tendrá que limitarse, con harta frecuencia, a reducir los conflictos políticos a las luchas de intereses de las clases sociales y fracciones de clases existentes determinadas por el desarrollo económico, y a poner de manifiesto que los partidos políticos son la expresión política más o menos adecuada de estas mismas clases y fracciones de clases. 

Huelga decir que esta desestimación inevitable de los cambios que se operan al mismo tiempo en la situación económica —verdadera base de todos los acontecimientos que se investigan— tiene que ser necesariamente una fuente de errores. Pero todas las condiciones de una exposición sintética de la historia diaria implican inevitablemente fuentes de errores, sin que por ello nadie desista de escribir la historia diaria. 

Cuando Marx emprendió este trabajo, la mencionada fuente de errores era todavía mucho más inevitable. Resultaba absolutamente imposible seguir, durante la época revolucionaria de 1848-1849, los cambios económicos que se operaban simultáneamente y, más aún, no perder la visión de su conjunto. Lo mismo ocurría durante los primeros meses del destierro en Londres, durante el otoño y el invierno de 1849-1850. Pero ésta fue precisamente la época en que Marx comenzó su trabajo. Y, pese a estas circunstancias desfavorables, su conocimiento exacto, tanto de la situación económica de Francia en vísperas de la revolución de Febrero como de la historia política de este país después de la misma, le permitió hacer una exposición de los acontecimientos que descubría su trabazón interna de un modo que nadie ha superado hasta hoy y que ha resistido brillantemente la doble prueba a que hubo de someterla más tarde el propio Marx. 

La primera prueba tuvo lugar cuando, a partir de la primavera de 1850, Marx volvió a encontrar sosiego para sus estudios económicos y emprendió, ante todo, el estudio de la historia económica de los últimos diez años. De este modo, los hechos mismos le revelaron con completa claridad lo que hasta entonces había deducido, de un modo semiapriorista, de materiales llenos de lagunas, a saber: que la crisis del comercio mundial producida en 1847 había sido la verdadera madre de las revoluciones de Febrero y Marzo, y que la prosperidad industrial, que había vuelto a producirse paulatinamente desde mediados de 1848 y que en 1849 y 1850 llegaba a su pleno apogeo, fue la fuerza animadora que dio nuevos bríos a la reacción europea otra vez fortalecida. Y esto fue decisivo. Mientras que en los tres primeros artículos (publicados en los números de enero-febrero-marzo de la revista "Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue"[4], Hamburgo, 1850) late todavía la esperanza de que pronto se produzca un nuevo ascenso de energía revolucionaria, el resumen histórico escrito por Marx y por mí para el último número doble (mayo a octubre), publicado en el otoño de 1850, rompe de una vez para siempre con estas ilusiones: «Una nueva revolución sólo es posible como consecuencia de una nueva crisis. Pero es tan segura como ésta». Ahora bien, dicha modificación fue la única esencial que hubo que introducir. En la explicación de los acontecimientos dada en los capítulos anteriores, en las concatenaciones causales allí establecidas, no había absolutamente nada que modificar, como lo demuestra la continuación del relato (desde el 10 de marzo hasta el otoño de 1850) en el mismo resumen general. Por eso, en la presente edición, he introducido esta continuación como capítulo cuarto. 

La segunda prueba fue todavía más dura. Inmediatamente después del golpe de Estado dado por Luis Bonaparte el 2 de diciembre de 1851, Marx sometió a un nuevo estudio la historia de Francia desde febrero de 1848 hasta este acontecimiento, que cerraba por el momento el período revolucionario ("El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte", tercera edición, Hamburgo, Meissner, 1885). En este folleto vuelve a tratarse, aunque más resumidamente, el período expuesto en la presente obra. Compárese con la nuestra esta segunda exposición hecha a la luz del acontecimiento decisivo que se produjo después de haber pasado más de un año, y se verá que el autor tuvo necesidad de cambiar muy poco. 

 Lo que da, además, a nuestra obra una importancia especialísima es la circunstancia de que en ella se proclama por vez primera la fórmula en que unánimemente los partidos obreros de todos los países del mundo condensan su demanda de una transformación económica: la apropiación de los medios de producción por la sociedad. En el capítulo segundo, a propósito del «derecho al trabajo», del que se dice que es la «primera fórmula, torpemente enunciada, en que se resumen las reivindicaciones revolucionarias del proletariado», escribe Marx: «Pero detrás del derecho al trabajo está el poder sobre el capital, y detrás del poder sobre el capital la apropiación de los medios de producción, su sumisión a la clase obrera asociada, y por consiguiente la abolición tanto del trabajo asalariado como del capital y de sus relaciones mutuas». Aquí se formula, pues —por primera vez—, la tesis por la que el socialismo obrero moderno se distingue tajantemente de todos los distintos matices del socialismo feudal, burgués, pequeñoburgués, etc., al igual que de la confusa comunidad de bienes del comunismo utópico y del comunismo obrero espontáneo. Es cierto que más tarde Marx hizo también extensiva esta fórmula a la apropiación de los medios de cambio, pero esta ampliación, que después del "Manifiesto Comunista" se sobreentendía, era simplemente un corolario de la tesis principal. Alguna gente sabía de Inglaterra ha añadido recientemente que también deben transmitirse a la sociedad los «medios de distribución». A estos señores les resultaría difícil decirnos cuáles son, en realidad, estos medios económicos de distribución distintos de los medios de producción y de cambio; a menos que se refieran a los medios políticos de distribución: a los impuestos y al socorro de pobres, incluyendo el Bosque de Sajonia[5] y otras dotaciones. Pero, en primer lugar, éstos son ya hoy medios de distribución que se hallan en poder da la colectividad, del Estado o del municipio y, en segundo lugar, lo que nosotros queremos es abolirlos. 

* * *

Cuando estalló la revolución de Febrero, todos nosotros nos hallábamos, en lo tocante a nuestra manera de representarnos las condiciones y el curso de los movimientos revolucionarios, bajo la fascinación de la experiencia histórica anterior, particularmente la de Francia. ¿No era precisamente de este país, que jugaba el primer papel en toda la historia europea desde 1789, del que también ahora partía nuevamente la señal para la subversión general? Era, pues, lógico e inevitable que nuestra manera de representarnos el carácter y la marcha de la revolución «social» proclamada en París en febrero de 1848, de la revolución del proletariado, estuviese fuertemente teñida por el recuerdo de los modelos de 1789 y de 1830.

Y, finalmente, cuando el levantamiento de París encontró su eco en las insurrecciones victoriosas de Viena, Milán y Berlín; cuando toda Europa, hasta la frontera rusa, se vio arrastrada al movimiento; cuando más tarde, en junio, se libró en París, entre el proletariado y la burguesía, la primera gran batalla por el poder; cuando hasta la victoria de su propia clase sacudió a la burguesía de todos los países de tal manera que se apresuró a echarse de nuevo en brazos de la reacción monárquico-feudal que acababa de ser abatida, no podía caber para nosotros ninguna duda, en las circunstancias de entonces, de que había comenzado el gran combate decisivo y de que este combate había de llevarse a término en un solo período revolucionario, largo y lleno de vicisitudes, pero que sólo podía acabar con la victoria definitiva del proletariado. 

Después de las derrotas de 1849, nosotros no compartimos, ni mucho menos, las ilusiones de la democracia vulgar agrupada en torno a los futuros gobiernos provisionales in partibus[6]. Esta democracia vulgar contaba con una victoria pronta, decisiva y definitiva del «pueblo» sobre los «opresores»; nosotros, con una larga lucha, después de eliminados los «opresores», entre los elementos contradictorios que se escondían dentro de este mismo «pueblo». La democracia vulgar esperaba que el estallido volviese a producirse de la noche a la mañana; nosotros declaramos ya en el otoño de 1850, que por lo menos la primera etapa del período revolucionario había terminado y que hasta que no estallase una nueva crisis económica mundial no había nada que esperar. Y esto nos valió el ser proscritos y anatematizados como traidores a la revolución por los mismos que luego, casi sin excepción, hicieron las paces con Bismarck, siempre que Bismarck creyó que merecían ser tomados en consideración. 

Pero la historia nos dio también a nosotros un mentís y reveló como una ilusión nuestro punto de vista de entonces. Y fue todavía más allá: no sólo destruyó el error en que nos encontrábamos, sino que además transformó de arriba abajo las condiciones de lucha del proletariado. El método de lucha de 1848 está hoy anticuado en todos los aspectos, y es éste un punto que merece ser investigado ahora más detenidamente. 

Hasta aquella fecha todas las revoluciones se habían reducido a la sustitución de una determinada dominación de clase por otra; pero todas las clases dominantes anteriores sólo eran pequeñas minorías, comparadas con la masa del pueblo dominada. Una minoría dominante era derribada, y otra minoría empuñaba en su lugar el timón del Estado y amoldaba a sus intereses las instituciones estatales.

Este papel correspondía siempre al grupo minoritario capacitado para la dominación y llamado a ella por el estado del desarrollo económico y, precisamente por esto y sólo por esto, la mayoría dominada, o bien intervenía a favor de aquélla en la revolución o aceptaba la revolución tranquilamente. Pero, prescindiendo del contenido concreto de cada caso, la forma común a todas estas revoluciones era la de ser revoluciones minoritarias. Aun cuando la mayoría cooperase a ellas, lo hacía —consciente o inconscientemente— al servicio de una minoría; pero esto, o simplemente la actitud pasiva, la no resistencia por parte de la mayoría, daba al grupo minoritario la apariencia de ser el representante de todo el pueblo. 

Después del primer éxito grande, la minoría vencedora solía escindirse: una parte estaba satisfecha con lo conseguido; otra parte quería ir todavía más allá y presentaba nuevas reivindicaciones que en parte, al menos, iban también en interés real o aparente de la gran muchedumbre del pueblo. En algunos casos, estas reivindicaciones más radicales eran satisfechas también; pero, con frecuencia, sólo por el momento, pues el partido más moderado volvía a hacerse dueño de la situación y lo conquistado en el último tiempo se perdía de nuevo, total o parcialmente; y entonces, los vencidos clamaban traición o achacaban la derrota a la mala suerte. Pero, en realidad, las cosas ocurrían casi siempre así: las conquistas de la primera victoria sólo se consolidaban mediante la segunda victoria del partido más radical; una vez conseguido esto, y con ello lo necesario por el momento, los radicales y sus éxitos desaparecían nuevamente de la escena. 

Todas las revoluciones de los tiempos modernos, a partir de la gran revolución inglesa del siglo XVII, presentaban estos rasgos, que parecían inseparables de toda lucha revolucionaria. Y estos rasgos parecían aplicables también a las luchas del proletariado por su emancipación; tanto más cuanto que precisamente en 1848 eran contados los que comprendían más o menos en qué sentido había que buscar esta emancipación. Hasta en París, las mismas masas proletarias ignoraban en absoluto, incluso después del triunfo, el camino que había que seguir. Y, sin embargo, el movimiento estaba allí, instintivo, espontáneo, incontenible. ¿No era ésta precisamente la situación en que una revolución tenía que triunfar, dirigida, es verdad, por una minoría; pero esta vez no en interés de la minoría, sino en el más genuino interés de la mayoría? Si en todos los períodos revolucionarios más o menos prolongados, las grandes masas del pueblo se dejaban ganar tan fácilmente por las vanas promesas, con tal de que fuesen plausibles, de las minorías ambiciosas, ¿cómo habían de ser menos accesibles a unas ideas que eran el más fiel reflejo de su situación económica, que no eran más que la expresión clara y racional de sus propias necesidades, que ellas mismas aún no comprendían y que sólo empezaban a sentir de un modo vago?

Cierto es que este espíritu revolucionario de las masas había ido seguido casi siempre, y por lo general muy pronto, de un cansancio e incluso de una reacción en sentido contrario en cuanto se disipaba la ilusión y se producía el desengaño. Pero aquí no se trataba de promesas vanas, sino de la realización de los intereses más genuinos de la gran mayoría misma; intereses que por aquel entonces esta gran mayoría distaba mucho de ver claros, pero que no había de tardar en ver con suficiente claridad, convenciéndose por sus propios ojos al llevarlos a la práctica. A mayor abundamiento, en la primavera de 1850, como se demuestra en el tercer capítulo de Marx, la evolución de la república burguesa, nacida de la revolución «social» de 1848, había concentrado la dominación efectiva en manos de la gran burguesía —que, además, abrigaba ideas monárquicas—, agrupando en cambio a todas las demás clases sociales, lo mismo a los campesinos que a los pequeños burgueses, en torno al proletariado; de tal modo que, en la victoria común y después de ésta, no eran ellas, sino el proletariado, escarmentado por la experiencia, quien había de convertirse en el factor decisivo. ¿No se daban pues todas las perspectivas para que la revolución de la minoría se trocase en la revolución de la mayoría? 

La historia nos ha dado un mentís, a nosotros y a cuantos pensaban de un modo parecido. Ha puesto de manifiesto que, por aquel entonces, el estado del desarrollo económico en el continente distaba mucho de estar maduro para poder eliminar la producción capitalista; lo ha demostrado por medio de la revolución económica que desde 1848 se ha adueñado de todo el continente, dando, por vez primera, verdadera carta de naturaleza a la gran industria en Francia, Austria, Hungría, Polonia y últimamente en Rusia, y haciendo de Alemania un verdadero país industrial de primer orden. Y todo sobre la base capitalista, lo cual quiere decir que esta base tenía todavía, en 1848, gran capacidad de extensión. Pero ha sido precisamente esta revolución industrial la que ha puesto en todas partes claridad en las relaciones de clase, la que ha eliminado una multitud de formas intermedias, legadas por el período manufacturero y, en la Europa Oriental, incluso por el artesanado gremial, creando y haciendo pasar al primer plano del desarrollo social una verdadera burguesía y un verdadero proletariado de gran industria. Y, con esto, la lucha entre estas dos grandes clases que en 1848, fuera de Inglaterra, sólo existía en París y a lo sumo en algunos grandes centros industriales, se ha extendido a toda Europa y ha adquirido una intensidad que en 1848 era todavía inconcebible.

Entonces, reinaba la multitud de confusos evangelios de las diferentes sectas, con sus correspondientes panaceas; hoy, una sola teoría, reconocida por todos, la teoría de Marx, clara y transparente, que formula de un modo preciso los objetivos finales de la lucha. Entonces, las masas escindidas y diferenciadas por localidades y nacionalidades, unidas sólo por el sentimiento de las penalidades comunes, poco desarrolladas, no sabiendo qué partido tomar en definitiva y cayendo desconcertadas unas veces en el entusiasmo y otras en la desesperación; hoy, el gran ejército único, el ejército internacional de los socialistas, que avanza incontenible y crece día por día en número, en organización, en disciplina, en claridad de visión y en seguridad de vencer. El que incluso este potente ejército del proletariado no hubiese podido alcanzar todavía su objetivo, y, lejos de poder conquistar la victoria en un gran ataque decisivo, tuviese que avanzar lentamente, de posición en posición, en una lucha dura y tenaz, demuestra de un modo concluyente cuán imposible era, en 1848, conquistar la transformación social simplemente por sorpresa. 

Una burguesía monárquica escindida en dos sectores dinásticos[7], pero que, ante todo, necesitaba tranquilidad y seguridad para sus negocios pecuniarios, y frente a ella un proletariado, vencido ciertamente, pero no obstante amenazador, en torno al cual se agrupaban más y más los pequeños burgueses y los campesinos; la amenaza constante de un estallido violento que, a pesar de todo no brindaba la perspectiva de una solución definitiva: tal era la situación, como hecha de encargo para el golpe de Estado del tercer pretendiente, del seudodemocrático pretendiente Luis Bonaparte. Este, valiéndose del ejército, puso fin el 2 de diciembre de 1851 a la tirante situación y aseguró a Europa la tranquilidad interior, para regalarle a cambio de ello una nueva era de guerras.[8] El período de las revoluciones desde abajo había terminado, por el momento; a éste siguió un período de revoluciones desde arriba. 

 

 

 

[1] La obra de Marx "La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850" es una serie de artículos con el título común "De 1848 a 1849". El plan primario del trabajo "Las luchas de clases en Francia" incluía cuatro artículos: "La derrota de junio de 1848", "El 13 de junio de 1849", "Las consecuencias del 13 de junio en el continente" y "La situación actual en Inglaterra". Sin embargo, sólo aparecieron tres artículos. Los problemas de la influencia de los sucesos de junio de 1849 en el continente y de la situación de Inglaterra fueron aclarados en otros escritos de la revista, concretamente en los reportajes internacionales escritos conjuntamente por Marx y Engels. Al editar la obra de Marx en 1895, Engels introdujo adicionalmente un cuarto capítulo en el que se incluían apartados dedicados a los acontecimientos de Francia con el subtítulo de "Tercer comentario internacional". Engels tituló este capítulo "La abolición del sufragio universal en 1850".-

[2] La "Introducción" a la obra de Marx "Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850" la escribió Engels para una edición aparte del trabajo, publicado en Berlín en 1895. Al publicarse la introducción, la Directiva del Partido Socialdemócrata de Alemania pidió con insistencia a Engels que suavizara el tono, demasiado revolucionario a juicio de ella, y le imprimiese una forma más cautelosa. Engels sometío a crítica la posición vacilante de la dirección del partido y su anhelo a «obrar exclusivamente sin salirse de la legalidad». Sin embargo, obligado a tener en cuenta la opinión de la Directiva, Engels accedió a omitir en las pruebas de imprenta varios pasajes y cambiar algunas fórmulas. En esta edición se publica íntegro el texto del prefacio.

Bernstein utilizó esa introducción para defender su táctica oportunista. En carta a Lafargue del 3 de abril de 1895, Engels manifiesta como Bernstein "me ha jugado una mala pasada. En mi introducción a los artículos de Marx sobre la Francia de 1848 al 50 ha escogido lo que pudiera servir para defender la táctica hostil a la violencia y pacífica a toda costa; esta táctica, que el mismo ha predicado con tanto cariño, y más hoy que se preparan en Berlín las leyes de excepción. Pues esta táctica la recomiendo solamente para Alemania en la época actual, y todavía con grandes reservas. En Francia, en Bélgica, en Italia y en Austria no debe seguirse íntegramente; en Alemania puede ser mañana inaplicable".

Indignado hasta lo más hondo, Engels insistió en que su introducción se publicase en la revista "Neue Zeit". Sin embargo, se publicó en ella con los mismos cortes que hubo de hacer el autor en la antemencionada edición suelta.
El texto del prefacio de Engels se publicó íntegro por primera vez en la URSS en el año 1930 en el libro de Carlos Marx "Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1849".-

[3] "La Neue Rheinische Zeitung. Organ der Demokratie" ("Nueva Gaceta del Rin. Organo de la Democracia") salía todos los días en Colonia desde el 1 de junio de 1848 hasta el 19 de mayo de 1849; la dirigía Marx, y en el consejo de redacción figuraba Engels.- 145, 190, 230, 564.

[4] "Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue" ("Nueva Gaceta del Rin. Comentario político-económico"): revista fundada por Marx y Engels en diciembre de 1849 que editaron hasta noviembre de 1850; órgano teórico y político de la Liga de los Comunistas. Se imprimía en Hamburgo. Salieron seis números de la revista, que dejó de aparecer debido a las persecuciones de la policía en Alemania y a la falta de recursos materiales.-

[5] Se alude a las dotaciones gubernamentales que Engels designa irónicamente con el nombre de la finca regalada a Bismarck por el emperador Guillermo I en el Bosque de Sajonia, cerca de Hamburgo.-


[6] In partibus infidelium (literalmente: «en el país de los infieles»): adición al título de los obispos católicos destinados a cargos puramente nominales en países no cristianos. Esta expresión la empleaban a menudo Marx y Engels, aplicada a diversos gobiernos emigrados que se habían formado en el extranjero sin tener en cuenta alguna la situación real del país.-

[7] Se trata de los dos partidos monárquicos de la burguesía francesa de la primera mitad del siglo XIX, o sea, de los legitimistas (véase la nota 59) y de los orleanistas.

Orleanistas: partidarios de los duques de Orleáns, rama menor de la dinastía de los Borbones, que se mantuvo en el poder desde la revolución de Julio de 1830 hasta la revolución de 1848; representaban los intereses de la aristocracia financiera y la gran burguesía.

Durante la Segunda república (1848-1851), los dos grupos monárquicos constituyeron el núcleo del «partido del orden», un partido conservador unificado.-


[8] Francia participó, siendo emperador Napoleón III, en la guerra de Crimea (1854-1855), hizo a Austria la guerra para disputarle Italia (1859), participó con Inglaterra en las guerras contra China (1856-1858 y 1860), comenzó la conquista de Indochina (1860-1861), organizó la intervención armada en Siria (1860-1861) y México (1862-1867); por último, guerreó contra Prusia (1870-1871).-

 

 

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