PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN

El trabajo que sigue no es en modo alguno fruto de ningún "irresistible impulso interior". Al contrario.

Cuando, hace tres años, el señor Dühring lanzó inesperadamente un reto a su siglo, como adepto y, simultáneamente, como reformador del socialismo, varios amigos alemanes se me dirigieron repetidamente con el deseo de que ilustrara críticamente aquella nueva teoría socialista en el órgano central del partido socialdemocrático, que era entonces el Volkstaat. Estos amigos lo consideraban absolutamente necesario si se quería evitar nueva ocasión de confusión y escisión sectaria en el joven partido que acababa de unificarse definitivamente. Ellos estaban en mejores condiciones que yo para apreciar la situación alemana; por eso me vi yo obligado a prestarles fe. Resultó además que una parte de la prensa socialista dispensó al nuevo converso una calurosa acogida, la cual, aunque sin duda exclusivamente tributada a la buena voluntad del señor Dühring, permitía adivinar al mismo tiempo en esa parte de la prensa del partido la buena voluntad para cargar con la doctrina de Dühring en atención a la buena voluntad del mismo Dühring. Había incluso personas ya dispuestas a difundir la doctrina entre los trabajadores en forma popularizada. Por último, el señor Dühring y su pequeña comunidad de sectarios ejercitaban todas las artes de la publicidad y la intriga para obligar al Volkstaat a tomar resueltamente posición ante aquella nueva doctrina que se presentaba con tan desmesuradas pretensiones.

A pesar de todo ello pasó un año antes de que me decidiera, descuidando otros trabajos, a hincar el diente en esa amarga manzana. Pues era una manzana que había que comerse del todo si se daba el primer bocado. Y la manzana no era sólo amarga, sino también muy voluminosa. La nueva teoría socialista se presentaba como último fruto práctico de un nuevo sistema filosófico. Había, pues, que estudiarla en la conexión de ese sistema y, por tanto, había que estudiar el sistema mismo. Había que seguir al señor Dühring por un extenso territorio en el que trata de todas las cosas posibles y de algunas más.

Así surgió una serie de artículos que aparecieron desde principios de 1877 en el sucesor del Volkstaat, el periódico de Leipzig Vorwärts, y que se presentan aquí reunidos. Fue, pues, la naturaleza del objeto mismo la que impuso a la crítica una prolijidad sumamente desproporcionada con el contenido científico de dicho objeto, es decir, de los escritos de Dühring. Pero hay otras dos circunstancias más que pueden disculpar la prolijidad. Por una parte, el tratamiento prolijo me permitía desarrollar positivamente, a propósito de los muy diversos terrenos que había que considerar, mi concepción respecto de puntos problemáticos, hoy de interés general científico o práctico. Esto se ha hecho en todos los capítulos, y aunque este escrito no puede tener la finalidad de oponer al «sistema» del señor Dühring otro sistema, es de esperar que el lector encuentre suficiente coherencia interna en los puntos de vista que expongo. Ya hoy día tengo pruebas suficientes de que mi trabajo no ha sido completamente estéril en este sentido.

Por otra parte, este señor Dühring tan «creadoramente sistemático» no es una excepción aislada en el presente alemán. Desde hace algún tiempo brotan en Alemania por docenas, de la noche a la mañana como las setas, los sistemas de cosmogonía, de filosofía de la naturaleza en general, de política, de economía, etc. El mínimo doctor philosophiae y hasta el mero studiosus se niegan ya a moverse sin un sistema completo. Del mismo modo que en el Estado moderno se presupone que todo ciudadano posee madurez de juicio acerca de todas las cuestiones sobre las cuales tiene que votar; del mismo modo que en economía se supone que todo consumidor conoce profundamente todas las mercancías que tenga que comprar alguna vez para su manutención, así también tiene que ocurrir en la ciencia. Libertad científica significará entonces escribir sobre todo aquello que no se sabe, y en proclamar que éste es el único método estrictamente científico. El señor Dühring es uno de los tipos más característicos de esta chillona pseudociencia que aparece hoy en día en Alemania en primer término de todos los escenarios y que domina todas las voces con sus tonitruantes y sublimes trompetas. Largas trompetas en la poesía, en la filosofía, en la política, en la economía, en la historiografía, largas trompetas en la cátedra y la tribuna, largas trompetas en todas partes, con la pretensión de superioridad y profundidad de pensamiento, a diferencia de los sencillos, vulgares y comunes instrumentos de otras naciones: largas trompetas, el producto más característico y más masivo de la industria intelectual alemana, barato, pero malo, exactamente igual que otros productos manufacturados alemanes, entre los cuales las largas trompetas no estuvieron representadas, desgraciadamente, en Filadelfia[1]. Hasta el socialismo alemán, señaladamente desde el buen ejemplo del señor Dühring, sopla alegremente en las largas trompetas y da de sí unos tales y unos cuales muy orgullosos de una "ciencia" de la que "realmente no han aprendido nada".[2]

Se trata de una enfermedad infantil, síntoma de la incipiente conversión del académico alemán a la socialdemocracia e inseparable de ella, pero que sin duda quedará superada gracias a la naturaleza notablemente sana de nuestros trabajadores.

No es culpa mía el haber tenido que seguir al señor Dühring por terrenos en los cuales no puedo moverme sino, a lo sumo, con las pretensiones de un aficionado. En la mayoría de estos casos me he limitado a oponer hechos indiscutidos a las afirmaciones falsas o deformadas de mi contrincante. Tal ha sido la situación en la jurisprudencia y en muchos puntos de la ciencia de la naturaleza. En otros se trata de nociones generales de la ciencia natural teorética, es decir, de un terreno en el cual también el especialista de la investigación de la naturaleza tiene que rebasar su especialidad y penetrar en terrenos vecinos, terrenos en los cuales, según la confesión del señor Virchow, él mismo es tan "semiignorante" como los demás. Espero que se me conceda la misma indulgencia que en esos casos se conceden recíprocamente los especialistas por las imprecisiones y torpezas de expresión.

Concluyendo este prólogo me viene a la mente un anuncio publicitario del señor Dühring sobre una nueva obra "decisiva" del señor Dühring: las Nuevas leyes fundamentales de la física racional y de la química. Aunque soy muy consciente de la insuficiencia de mis conocimientos físicos y químicos, creo conocer en cambio a mi objeto, el señor Dühring, y por tanto, aunque no he leído el libro, creo poder predecir que las leyes de la física y la química formuladas en ese libro podrán dignamente sumarse, en cuanto a incomprensión o trivialidad, a las leyes de la economía, el esquematismo universal, etc., previamente descubiertas por el señor Dühring y estudiadas en este libro; y también que el rigómetro construido por el señor Dühring, instrumento para la medición de temperaturas muy bajas, va a suministrar la escala no para la medición de temperaturas altas o bajas, sino exclusivamente para la medición de la ignorante arrogancia del señor Dühring.

 ENGELS.

London, 11 de junio de 1878.

 

PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN

Ha sido para mí una sorpresa que el presente escrito tuviera que aparecer en una nueva edición. El objeto en él criticado está hoy olvidado prácticamente; y el escrito mismo, además de haber estado al alcance de miles de lectores en el Vorwärts de Leipzig, aunque por entregas, en 1877 y 1878, se imprimió también en un volumen y en gran número de ejemplares. ¿Cómo puede, pues, seguir interesando a alguien lo que escribí hace años sobre el señor Dühring?

Es muy probable que ello se deba a la circunstancia de que este escrito, como casi todos los míos que entonces estaban en circulación, fue prohibido en el Imperio Alemán inmediatamente después de promulgarse la ley contra el socialismo. El efecto de esta medida tenía que ser claro para todo el que no estuviera aherrojado por los hereditarios prejuicios burocráticos de los países de la Santa Alianza: el efecto tenía que ser la duplicación y la triplicación de los libros prohibidos, la revelación de la impotencia de los señores de Berlín, incapaces de imponer la ejecución de las prohibiciones que decretan. De hecho, esta amabilidad del gobierno del Reich me está acarreando más ediciones de mis escritos breves de las que son compatibles con mi responsabilidad, pues no tengo tiempo suficiente para revisar el texto como fuera debido, y la mayoría de las veces tengo que mandarlo a la reimpresión sin más ceremonias.

Pero a eso se añade aún otra circunstancia. El "sistema" del señor Dühring aquí criticado abarca un campo teorético muy amplio; esto me obligó a seguirle por todas partes y a contraponer en cada punto mis concepciones a las suyas. Con ello la crítica negativa se hizo positiva; la polémica se convirtió en una exposición más o menos coherente y sistemática del método dialéctico y de la concepción comunista del mundo sostenidas por Marx y por mí, y esto ocurrió en una serie bastante amplia de campos temáticos.

Desde que se presentó al mundo por vez primera en la Miseria de la filosofía de Marx y en el Manifiesto Comunista, esta concepción nuestra ha atravesado un estadio de incubación de más de veinte años, hasta que con la aparición de El Capital empezó a abarcar con velocidad creciente círculos cada vez más amplios, para encontrar actualmente, rebasando con mucho los límites de Europa, consideración y adhesión en todos los países en los que haya, por una parte, proletarios, y, por otra, teóricos científicos sin prejuicios. Parece, pues, que existe un público cuyo interés por la cosa es lo suficientemente grande como para cargar con la polémica contra las tesis de Dühring, polémica hoy sin objeto en muchos respectos, en consideración de los desarrollos positivos dados en añadido a la polémica.

Quiero hacer observar incidentalmente lo que sigue: como el punto de vista aquí desarrollado ha sido en su máxima parte fundado y desarrollado por Marx, y en su mínima parte por mí, era obvio entre nosotros que esta exposición mía no podía realizarse sin ponerse en su conocimiento. Le leí el manuscrito entero antes de llevarlo a la imprenta, y el décimo capítulo de la sección sobre economía («De la Historia crítica») ha sido escrito por Marx; yo no tuve sino que acortarlo un poco, desgraciadamente, por causa de consideraciones externas. La colaboración de Marx se explica porque siempre fue costumbre nuestra ayudarnos recíprocamente en cuestiones científicas especiales.

La presente nueva edición es, con la excepción de un capítulo, reimpresión sin modificar de la anterior. Me faltaba, en efecto, tiempo para realizar una revisión detallada, aunque desde luego me habría gustado modificar bastantes cosas de la exposición. Pero tengo el deber de preparar para la imprenta los manuscritos póstumos de Marx, y esto es mucho más importante que todo lo demás. Por otra parte, la conciencia se me resistía a toda modificación. Este escrito es polémico, y creo que debo a mi contrincante la justicia de no corregir yo nada puesto que él no puede hacerlo. Sin duda habría podido ejercer mi derecho a replicar a la respuesta del señor Dühring. Pero no he leído lo que ha escrito el señor Dühring sobre mi crítica, ni lo leeré sin algún motivo imprevisible; teoréticamente he terminado con él. Por lo demás, me es fuerza respetar a propósito de él las reglas de decoro de la lucha literaria, tanto más cuanto que posteriormente la Universidad de Berlín le hizo víctima de una vergonzosa injusticia. Cierto que la Universidad de Berlín ha sido castigada por ello. Una Universidad que se ha permitido retirar al señor Dühring la libertad de enseñanza en las circunstancias de todos conocidas no puede asombrarse de que le impongan la presencia del señor Schweninger, en circunstancias no menos conocidas por todos.

El único capítulo en el que me he permitido algunos añadidos aclaratorios es el segundo de la tercera sección: "Cuestiones teoréticas". En él, tratándose sólo y exclusivamente de la exposición de un punto básico de la concepción que propongo, no podrá quejarse mi contrincante de que yo me esfuerce por hablar más popularmente y por completar la coherencia de lo dicho. La mejora, por cierto, ha tenido una motivación externa a la obra. He reelaborado tres capítulos de este escrito (el primero de la "Introducción" y el segundo y el tercero de la tercera sección) para mi amigo Lafargue, que deseaba componer una traducción francesa de los mismos, de modo que constituyeran un folleto independiente; luego de que la edición francesa sirviera de base a otra italiana y otra polaca, preparé yo mismo una edición alemana con el título de La evolución del socialismo desde la utopía hasta la ciencia. Este folleto ha sido objeto de tres ediciones en pocos meses, y ha aparecido también en traducciones rusa y danesa. En todas esas ediciones, los añadidos se limitaban al capítulo en cuestión, y habría sido una pedantería atarme de nuevo en esta edición de la obra original al texto primitivo, despreciando su forma posterior y ya internacional.

Los demás cambios que querría hacer se refieren principalmente a dos puntos. Primero, a la prehistoria humana, cuya clave nos facilitó Morgan en 1877. Pero como posteriormente a la primera edición de esta obra tuve ocasión de considerar el material de Morgan en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, Zúrich, 1884, bastará con remitir aquí a dicha obra posterior.

Y, en segundo lugar, querría modificar la parte que trata de la ciencia natural. Hay en ella una gran torpeza de exposición, y hoy día podrían formularse más clara y precisamente varias cosas. Si, pues, no me atribuyo el derecho de corregirme, estoy en cambio obligado a criticarme aquí a mí mismo.

Marx y yo fuimos probablemente los únicos en salvar la dialéctica consciente de la filosofía idealista alemana, trasplantándola a la concepción materialista de la naturaleza y de la historia. Pero una concepción a la vez dialéctica y materialista de la naturaleza supone el conocimiento de la matemática y de la ciencia natural. Marx era un matemático sólido, pero ninguno de los dos pudimos seguir los progresos de las ciencias de la naturaleza sino fragmentaria, irregular y esporádicamente. Por eso, cuando al retirarme del trabajo comercial y trasladarme a Londres me encontré con tiempo para ello, hice, según la expresión de Liebig, una muda completa, en lo posible, de piel matemática y científico-natural, dedicando a ella lo mejor de ocho años seguidos.

Estaba precisamente sumido en aquel proceso de muda cuando tropecé con la necesidad de ocuparme de la sedicente filosofía de la naturaleza del señor Dühring. Así, pues, es muy natural que en esta parte del libro no encuentre a veces la expresión correcta, y que me mueva siempre con bastante torpeza en el terreno de la ciencia teórica de la naturaleza. Pero, por otra parte, la consciencia de mi inseguridad aún no superada me hizo prudente; no se me podrán probar verdaderas transgresiones contra los hechos entonces conocidos, ni exposición incorrecta de las teorías entonces reconocidas como tales. Sólo un gran matemático, cuyos méritos no parece apreciar nadie, se quejó a Marx por carta de que yo había herido temerariamente la honra de √-1.[3]

En toda esta recapitulación mía de la matemática y las ciencias de la naturaleza se trataba, naturalmente, de convencerme también en el detalle —pues en líneas generales no tenía duda al respecto— de que en la naturaleza rigen las mismas leyes dialécticas del movimiento, en el confuso seno de las innumerables modificaciones, que dominan también en la historia la aparente casualidad de los acontecimientos; las mismas leyes que, constituyendo también en la evolución del pensamiento humano el continuo hilo conductor, llegan progresivamente a la consciencia del hombre; las leyes desarrolladas por vez primera por Hegel de un modo amplio y general, aunque en forma mistificada; extraerlas de esa forma mística y llevarlas a consciencia claramente, en toda su sencillez y generalidad, era uno de nuestros objetivos. Es claro sin más que la vieja filosofía de la naturaleza[4] —a pesar de lo mucho bueno y de los muchos fecundos gérmenes que contenía[5]— no podía bastarnos.

Como se expone más detalladamente en el presente escrito, la filosofía de la naturaleza, especialmente en la forma hegeliana, pecó al no reconocer a la naturaleza ninguna evolución en el tiempo, ningún "después de", sino sólo un "junto a". Esto tenía sus raíces, por una parte, en el sistema mismo de Hegel, que no atribuye una evolución histórica más que al "espíritu", pero por otra parte arraigaba también en la situación general de las ciencias naturales en la época. Así se quedó Hegel muy por detrás de Kant, cuya teoría de la nebulosa había proclamado ya el origen del sistema solar, mientras que su teoría de la obstaculización de la rotación de la Tierra por las mareas anunciaba el fin de dicho sistema. Por último, no podía tratarse para mí de construir artificialmente, por proyección, las leyes dialécticas en la naturaleza, sino de encontrarlas en ella y desarrollarlas a partir de ella.

Pero hacer esto de un modo coherente y en cada terreno concreto es una tarea gigantesca. No sólo es el terreno que hay que dominar casi infinito, sino que además toda la ciencia natural se encuentra en este terreno sometida a un proceso de transformación tan imponente que apenas puede seguirlo aquel que dispone para ello de todo su tiempo. Y desde la muerte de Carlos Marx mi tiempo está hipotecado por deberes más urgentes, por lo cual he tenido que interrumpir mi trabajo. Tengo que contentarme por ahora con las indicaciones dadas en el presente escrito, y esperar si más tarde vuelve a presentárseme una ocasión para reunir y editar los resultados conseguidos, tal vez junto con los importantísimos manuscritos matemáticos dejados por Marx.[6]

Mas quizá el progreso de la ciencia teórica de la naturaleza haga mi trabajo totalmente o en gran parte superfluo. Pues la revolución impuesta a la ciencia teórica de la naturaleza por la mera necesidad de ordenar los descubrimientos puramente empíricos que se acumulan masivamente es tal que tiene que llevar a consciencia hasta de los empíricos más recalcitrantes el carácter dialéctico de los procesos naturales. Las viejas contraposiciones rígidas, a la moda de los franceses del siglo XVIII, las fronteras tajantes e insuperables van desapareciendo cada vez más.

Desde la licuefacción del último gas "auténtico", desde la prueba de que un cuerpo puede ponerse en un estado en el cual son indistinguibles la forma gaseosa y la de gota, los estados de agregación han perdido el último resto de su anterior carácter absoluto. Con el teorema de la teoría cinética de los gases según el cual los cuadrados de las velocidades con que se mueven las moléculas en los gases perfectos son, a temperatura igual, inversamente proporcionales a los pesos moleculares, el calor se suma sin más a la serie de las formas de movimiento directamente medibles como tales. Mientras que aún hace diez años la gran ley fundamental del movimiento, entonces recientemente descubierta, se concebía como mera ley de la conservación de la energía, como mera expresión de la indestructibilidad del movimiento y de la imposibilidad de crearlo, o sea según su aspecto meramente cuantitativo, aquella expresión estrecha y negativa es hoy cada vez más desplazada por la transformación positiva de la energía, con lo que empieza finalmente a apreciarse el contenido cualitativo del proceso y se borra el último recuerdo del Creador ajeno al mundo. Ya no hay que predicar como cosa nueva que la cantidad de movimiento (de la llamada energía) no varía cuando se transforma de energía cinética (la llamada fuerza mecánica) en electricidad, calor, energía potencial de posición, etc., y a la inversa; ese hecho es ya el fundamento adquirido de la investigación, aún mucho más rica en contenido, del proceso mismo de transformación, del gran proceso básico en cuyo conocimiento se comprime todo el de la naturaleza. Y desde que en biología se trabaja con la antorcha de la teoría de la evolución han ido también disolviéndose una tras otra las rígidas líneas de la clasificación en el terreno de la naturaleza orgánica; cada día aumenta el número de los eslabones intermedios casi inclasificables, la investigación más detallada pasa organismos de una clase a otra, y caracteres diferenciales que se habían convertido casi en artículos de fe pierden su validez absoluta; tenemos ahora mamíferos ovíparos y, si se confirma la noticia, hasta pájaros de cuatro patas. Si ya hace años Virchow se vio obligado, a consecuencia del descubrimiento de la célula, a descomponer la unidad del individuo animal en una federación de estados celulares, con una concepción más progresista que científico-natural y dialéctica, el concepto de la individualidad animal (y, por tanto, también de la humana) se complica hoy aún mucho más por el descubrimiento de esas células blancas de la sangre que, como amebas, se mueven en el cuerpo de los animales superiores.

Pero aquellas contraposiciones polares e imaginadas como irresolubles, aquellas fronteras y diferencias entre clases fijadas con tanta violencia, fue precisamente lo que dio a la ciencia moderna teórica de la naturaleza su carácter limitado y metafísico. El reconocimiento de que esas contraposiciones y diferencias, aunque efectivamente se presentan en la naturaleza, no tienen sino una validez relativa, y que en cambio ha sido nuestra reflexión la que ha introducido la idea de su rigidez y de su validez absoluta, es el punto nuclear de la concepción dialéctica de la naturaleza. Es posible llegar a esa concepción por el mero peso de los hechos que van acumulándose en las ciencias de la naturaleza; pero es más fácil alcanzarla si se percibe el carácter dialéctico de esos hechos con la consciencia de las leyes del pensamiento dialéctico. En todo caso, la ciencia de la naturaleza ha llegado ya al punto en el cual no puede seguir sustrayéndose a la concepción de conjunto dialéctica. Y se facilitará su propio proceso si no olvida que los resultados en los cuales se compendian sus experiencias son conceptos, y que el arte de operar con conceptos no es innato, ni tampoco está dado sin más con la corriente consciencia cotidiana, sino que exige verdadero pensamiento, el cual tiene a su vez una larga historia de experiencia, ni más ni menos que la investigación empírica de la naturaleza. Apropiándose, precisamente, los resultados de tres mil años de desarrollo de la filosofía, conseguirá, por una parte, liberarse de toda filosofía de la naturaleza que pretenda situarse fuera y por encima de ella, y, por otra parte, rebasar su propio limitado método de pensamiento, tomado del empirismo inglés.

 ENGELS.

London, 23 de septiembre de 1886.

 

PRÓLOGO A LA TERCERA EDICIÓN

 

La presente tercera edición es, salvo unas pocas modificaciones estilísticas de escasa importancia, una reimpresión de la anterior. Sólo en un capítulo, el décimo de la segunda sección —"De la Historia crítica"—, me he permitido añadidos importantes, y ello por los siguientes motivos.

Como ya se indicó en el Prólogo a la segunda edición, ese capítulo es en lo esencial obra de Marx. En su primera versión, destinada a aparecer como artículo de periódico, me vi obligado a abreviar considerablemente el manuscrito de Marx, y ello precisamente en las partes del mismo en las que la crítica de las concepciones de Dühring pasa a segundo lugar, detrás del desarrollo propio de temas de historia de la economía. Pero esas partes del manuscrito son precisamente las que resultan hoy de mayor y más duradero interés. Me considero obligado a reproducir del modo más completo y literal posible la exposición en la que Marx asigna a personajes como Petty, North, Locke y Hume el lugar que les corresponde en la génesis de la economía clásica; y aún más su aclaración del "Tableau económico" de Quesnay, ese enigma de la esfinge, irresoluble para toda la economía moderna. En cambio he prescindido, en la medida en que lo permitía el contexto, de todo lo que se refería exclusivamente a los escritos del señor Dühring.

Por lo demás, puedo sentirme completamente satisfecho de la difusión que han tenido desde la anterior edición las concepciones expuestas en este escrito, tanto en la consciencia pública de la ciencia cuanto en la de la clase obrera, y ello en todos los países civilizados del mundo.

 ENGELS.

London, 23 de mayo de 1894.

 

INTRODUCCIÓN

I. GENERALIDADES

El socialismo moderno es ante todo, por su contenido, el producto de la percepción de las contraposiciones de clase entre poseedores y desposeídos, asalariados y burgueses, por una parte, y de la anarquía reinante en la producción, por otra. Pero, por su forma teorética, se presenta inicialmente como una ulterior continuación, en apariencia más consecuente, de los principios sentados por los grandes ilustrados franceses del siglo XVIII. Como toda nueva teoría, el socialismo moderno tuvo que enlazar con el material mental que halló ya presente, por más que sus raíces estuvieran en los hechos económicos.

Los grandes hombres que iluminaron en Francia las cabezas para la revolución en puerta obraron ellos mismos de un modo sumamente revolucionario. No reconocieron ninguna autoridad externa, del tipo que fuera. Lo sometieron todo a la crítica más despiadada: religión, concepción de la naturaleza, sociedad, orden estatal; todo tenía que justificar su existencia ante el tribunal de la razón, o renunciar a esa existencia. El entendimiento que piensa se aplicó como única escala a todo. Era la época en la que, como dice Hegel, el mundo se puso a descansar sobre la cabeza, primero en el sentido de que la cabeza humana y las proposiciones descubiertas por su pensamiento pretendieron valer como fundamento de toda acción y toda asociación humanas; pero luego también en el sentido, más amplio, de invertir de arriba abajo en el terreno de los hechos la realidad que contradecía a esas proposiciones. Todas las anteriores formas de sociedad y de Estado, todas las representaciones de antigua tradición, se remitieron como irracionales al desván de los trastos; el mundo se había regido hasta entonces por meros prejuicios; lo pasado no merecía más que compasión y desprecio. Ahora irrumpía finalmente la luz del día; a partir de aquel momento, la superstición, la injusticia, el privilegio y la opresión iban a ser expulsados por la verdad eterna, la justicia eterna, la igualdad fundada en la naturaleza y los inalienables derechos del hombre.

 

[1] Alusión a la Exposición Industrial Universal de Filadelfia (julio de 1876), en la que los productos alemames fueron calificados de baratos, pero malos. [N. del T.]

[2] Palabras del contraalmirante Chevalier de Parrat sobre los realistas franceses en 1796. [N. del T.]

[3] El aludido es H. W. Fabian. El paso discutido está en el cap. XIII de la primera sección. [N. del T.]

[4] La "vieja filosofía de la naturaleza" es la especulación del idealismo alemán, especialmente de Schelling, sobre temas cosmológicos. [N. del T.]

[5] Es mucho más fácil abalanzarse contra la vieja filosofía de la naturaleza, según el ejemplo del superficial vulgo à la Karl Vogt, que justipreciar su importancia histórica. La filosofía de la naturaleza contiene mucho absurdo y mucha fantasía, pero no más que las teorías afilosóficas contemporáneas de ella presentadas por los investigadores empíricos de la naturaleza; pero también contenía muchas cosas con sentido y entendimiento, como empieza a verse desde la difusión de la teoría de la evolución. Así ha reconocido Haeckel con todo derecho los méritos de Oken y Treviranus. Con su protolimo y sus protovesículas, Oken ha establecido como postulado de la biología lo que más tarde se ha descubierto realmente como protoplasma y como célula. Y por lo que hace concretamente a Hegel, puede decirse que en muchos respectos está por encima de sus contemporáneos empíricos, los cuales creían haber explicado todos los fenómenos oscuros con adscribirlos a alguna fuerza subyacente —fuerza de gravedad, fuerza natatoria, fuerza eléctrica de contacto, etc.—, o bien, cuando eso no era posible, atribuyéndolos a una sustancia desconocida, como la materia lumínica, el calórico, la sustancia eléctrica, etc. Las sustancias imaginarias están hoy prácticamente desbancadas, pero la fantasmagoría de las fuerzas combatida por Hegel, sigue aún haciendo sus apariciones, por ejemplo, en 1869, en el discurso de Innsbruck de Hemholtz (Helmholtz, Populare Vorlesungen <Lecciones de divulgación>, II. Heft, 1871, pág. 190). Frente a la divinización de Newton, cubierto de honores y riquezas por Inglaterra, Hegel destacó que Kepler, al que Alemania dejó sumido en la miseria, es el verdadero fundador de la moderna mecánica de los cuerpos celestes, y que la ley newtoniana de gravitación está ya contenida en las tres leyes de Kepler, y hasta explícitamente en la tercera. Lo que Hegel ha demostrado en su Naturphilosophie, 270 y añadidos (Hegel, Werke <Obras de Hegel>, 1842, vol. VII, págs. 98 y 113-115) con un par de sencillas ecuaciones, se encuentra como resultado de la más reciente mecánica matemática en las Vorlesungen uber mathematiscge Physik <Lecciones de física matemática> 2ª ed., Leipzig, 1877, pág. 10, de Gustav Kirchhof, y esencialmente en la misma sencilla forma matemática desarrollada por vez primera por Hegel. Los filósofos de la naturaleza son respecto de la ciencia natural conscientemente dialéctica lo que los utópicos respecto del comunismo moderno.

[6] Los manuscritos económicos de Marx son más de 1.000 páginas dedicadas principalmente al cálculo infinitesimal. Aparecen en el vol. 69 de OME. [N. del T.]

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