PRÓLOGO

 

Karl Marx fue el primer libro de Isaiah Berlin. Éste tenía treinta años recién cumplidos cuando se publicó. Por entonces ya se le conocía en Oxford y en Londres como brillante conversador y como filósofo joven excepcionalmente dotado. Pero en Karl Marx reveló por primera vez su talento especial como historiador de las ideas —disciplina desde la cual, a partir de entoces, cautivó la atención de sus lectores. Su talento, como todos los dones de este tipo, es más fácil de admirar y disfrutar que de describir. Sería algo así como una increíble capacidad para hacer justicia tanto al pensador como al pensamiento —era capaz de esbozar un retrato de la personalidad de los hombres y mujeres sobre los que escribía sin olvidar ni por un segundo que si nos interesan es debido a sus ideas y no por sus aventuras matrimoniales o por sus gustos en el vestir, y hacía que el cuadro resultara intenso gracias a que las ideas aparecen con vida propia, pero al tiempo marcadas por los caracteres de los hombres y de las mujeres a quienes pertenecen.

10    Este talento ha hecho que los ensayos de Berlin sobre grandes ideas o sobre hombres excepcionales sean en buena medida una forma de arte. Como saben los lectores de sus colecciones de ensayos, Impresiones personales —el volumen dedicado a sus encuentros con contemporáneos, discursos conmemorativos y descripciones de la grandeza de los grandes hombres del siglo— tiene un tono y un estilo apenas distinto de sus Pensadores rusos o Contra corriente —los volúmenes dedicados a la historia de las ideas. Parece que no cambia nada el hecho de que Berlin nunca hablara con Turgueniev como habló con Anna Ajmatova, que nunca discutiera de la historia de Florencia con Maquiavelo como discutió sobre la historia de Inglaterra en el siglo XVIII con Lewis Namier. Se ha insinuado que todos los pensadores serios habitan un «colegio invisible» donde tiene lugar una conversación silenciosa entre los vivos y los muertos inmortales, y en el que Platón está tan presente como el último estudiante universitario que se enfrenta a su obra. La prosa de Berlin apunta a algo más vivo y animado que la mayoría de los colegios, quizás una vasta soirée en la que los invitados proceden de todas las capas de la sociedad y pertenecen a todas las opciones políticas posibles. Sea cual fuere la metáfora que uno prefiera, resulta que consigue llevar todos sus temas de forma completa y total a la vida.

Con todo, los historiadores de las ideas no son novelistas, ni tampoco biógrafos. Aunque Karl Marx lleva el subtítulo «Su vida y su entorno», es la vida de Marx como teórico de la revolución socialista lo que le interesa primordialmente describir, y el entorno que le interesa a Berlin no es tanto el Tréveris de la niñez de Marx o el norte de Londres de sus años de exilio, sino el ambiente político e intelectual frente al cual Marx escribió el Manifiesto comunista y El Capital. Sin embargo, la moraleja de Karl Marx ha de tomarse como una observación referida tanto al marxismo como a Marx mismo. En el último párrafo Berlin dice:

[el marxismo] se puso en marcha para refutar la proposición de que las ideas determinan decisivamente el curso de la historia, pero la misma extensión de su influencia sobre los asuntos humanos debilitó la fuerza de su tesis. Pues al alterar la opinión hasta entonces dominante de la relación del individuo con su contorno y con sus semejantes, alteró palpablemente esa relación; y, en consecuencia, constituye la más poderosa de las fuerzas intelectuales que hoy transforma permanentemente los modos en que los hombres obran y piensan. 

El marxismo, debido a las actividades de los partidos comunistas que inspiró, se ha convertido en una gigantesca burla filosófica contra el hombre que lo creó. Marx, como teórico, sostuvo que los individuos son juguetes de enormes e impersonales fuerzas sociales. Pero en tanto inspiración de Lenin, Stalin y Mao Tse Tung, el individuo Marx fue por sí mismo el originador de enormes fuerzas sociales. Afirmó que las ideas son epifenómenos, el reflejo de intereses sociales que disfrazan y racionalizan. Pero sus propias ideas cambiaron el mundo —incluso, lo que no deja de ser irónico, en formas que habría deplorado totalmente. Karl Marx ofrece muchos placeres a sus lectores y no es el menor de ellos el cuadro irónico que Berlin pinta de la forma en que su objeto pone en marcha un drama histórico que pondrá en cuestión la obra de toda su vida.

11     Berlin, desde entonces, no ha dejado de argumentar por extenso contra la doctrina de la inevitabilidad histórica y contra todo intento de hacer «científico» el estudio de la historia privándola de preocupaciones morales o políticas. Marx fue la inspiración más obvia de estas posiciones a partir de los años treinta. Aunque resulta difícil creer que la indignación de Marx contra el orden capitalista estuviera alimentada por otra cosa que un fuerte sentido de la justicia, afirmó con frecuencia que su materialismo histórico superaba cualquier «crítica moralizadora» del orden existente. Engels, a la menor ocasión, decía que Marx había desentrañado las leyes de hierro del desarrollo capitalista, las leyes que dictan el colapso inevitable del capitalismo y su sustitución por el socialismo.

Berlin no es el primer crítico, ni será el último, que ha observado que la indiferencia profesada por Marx hacia las consideraciones morales se com padece difícilmente con su evidente odio por la injusticia y la crueldad, tan prominentes en los primeros años de la revolución industrial, y que la afirmación de Marx de la caída inminente del orden capitalista es igualmente difícil de compaginar con el sacrificio que Marx realizó de su salud y su felicidad doméstica para promover la causa revolucionaria. Lo distintivo de la reacción de Berlin hacia Marx no es que se sintiera interpelado por tales tensiones e inconsistencias lógicas, sino que dedicara el resto de su carrera intelectual a pensar y escribir acerca de sus orígenes, acerca de las distintas concepciones del mundo, y acerca de los contemporáneos y de los herederos de Marx que también pensaron sobre ellas.

El Marx de Berlin es una figura interesante porque es en igual gran medida, y al mismo tiempo, un producto de la Ilustración y un producto de la reacción romántica contra la Ilustración. Al igual que los materialistas franceses del siglo XVIII, Marx creía en el progreso, creía que la historia es un proceso lineal y no, como pensaba el mundo antiguo, un ciclo repetitivo de crecimiento y declive. Pero también pensaba, al igual que los críticos de la Ilustración como Burke, de Maistre y Hegel, que el cambio social no se ha producido en el pasado, ni se producirá en el futuro, simplemente porque unas personas piensen que sería más razonable comportarse de otra manera.

El cambio significativo es resultado de fuerzas violentas e irracionales, y la racionalidad del proceso histórico completo es algo que sólo podremos en tender después de que pase. Parece que su encuentro con Marx inspiró a Berlin la idea de ocuparse de la anti Ilustración. Desde entonces ha escrito abundantemente sobre los críticos antirracionalistas de los proyectos revolucionario y liberal, tales como Herder, de Maistre y Hamman.

12     De forma bien parecida, la gente que Marx despreció durante su carrera fueron objeto, posteriormente, de particular interés por parte de Berlin. Mosses Hess fue la primera persona que apreció la formidable energía e inteligencia de Marx, pero el epíteto más cordial que dedicó Marx a Hess fue «el burro de Moses Hess». Berlin estaba intrigado por el hecho de que Hess vio algo que Marx rehusó sistemáticamente ver —que la condición de los judíos en la Europa moderna era imposible de resolver mediante la receta liberal de la asimilación— y así se convirtió en uno de los fundadores del sionismo benigno, liberal, sobre el que Berlin ha escrito tan elocuentemente.

De nuevo, Marx despreció a su contemporáneo y rival, el anarquista ruso Mijaíl Bakunin, y casi hasta el final de sus días consideró a Rusia como la patria del atraso y la represión. La idea de que pudiera haber una ruta hacia la libertad y la democracia igualmente apropiada para la rusicidad del pueblo ruso como para el común de la humanidad era algo que a duras penas le cabía en la cabeza. En parte, el problema radicaba en que Marx detestaba lo que creía el carácter eslavo, pero también en que despreciaba todos aquellos sentimientos de nacionalidad que no promovieran de forma más o menos directa el avance del socialismo. En los años cincuenta, Berlin descubrió a los lectores ingleses y americanos la riqueza del populismo y del liberalismo rusos del siglo XIX, representados por las figuras de Herzen, Belinsky y Turgueniev, y explicó algo que necesitamos recordar hoy más que nunca, que el nacionalismo puede ser, como ha sido, tanto un aliado del liberalismo como expresión de lealtades atávicas e irracionales sin las que estaríamos mucho mejor.

Hace ya cincuenta y seis años de la publicación de la primera edición de Karl Marx, y han sido años muy agitados. El libro fue a imprenta pocos meses antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Tras la guerra pasaron cuarenta años de Guerra Fría, seguidos de una paz incierta en la que las hostilidades entre los dos grandes campos ideológicos dieron paso a una tibia amistad entre las grandes superpotencias y a un continuo conflicto étnico y nacionalista de baja intensidad en los Balcanes, en Transcaucasia y en buena parte de África.

Este libro se publicó en Londres cuando Gran Bretaña entró en guerra con la Alemania nazi —una guerra que proporcionó a Berlin una deslumbrante carrera en la Embajada británica en Washington. Reapareció en ediciones sucesivas en un mundo bien distinto. La segunda edición se publicó al poco de terminar la guerra. Para entonces la Guerra Fría se había consolidado y la interpretación soviética del marxismo seguía tan inflexible como en el pasado. Nada había en las obras de los apologetas del régimen soviético que hiciera pensar que el énfasis de Berlin en la rigidez determinista de la visión de Marx de la historia fuera excesivo, y tampoco había nada que hiciera pensar que el materialismo de Marx pudiera ser menos extremo de lo que sus discípulos habían sugerido.

13     Para cuando apareció la tercera edición, en 1963, el discurso de Nikita Jruschov en el Vigésimo Congreso del Partido, en 1956, ya había destapado el estalinismo ante un público ruso. La Revolución Húngara había desilusionado a los comunistas británicos y había forzado a los partidos comunistas de Francia e Italia, mucho más grandes y robustos, a replantearse sus alianzas políticas e intelectuales. Fue entonces cuando se descubrió (o habría que decir mejor, se inventó) un nuevo «humanismo» marxista. El rapprochement entre los católicos de izquierdas y los marxistas sofisticados, filosóficamente, fue uno de los rasgos más llamativos de los últimos años de la década de los cincuenta y de la década de los sesenta. La opinión de que el marxismo es esencialmente una fe religiosa empezó a verse como un cumplido y no como una denuncia. Uno de los frutos de este movimiento fue la «teología de la liberación», un fenómeno que sin duda habría sido atacado por el propio Marx. Otro fue la idea de que el joven Marx, sin la menor duda, fue un crítico moral mucho más sutil e interesante de la sociedad capitalista de lo que se había pensado.

Una cuarta edición de Karl Marx apareció en 1978. A pesar de los cuarenta años, había envejecido bastante bien. Sin embargo, en los veinte años anteriores se había producido una avalancha de trabajos por parte de escritores de las dos orillas del Atlántico que forzaba a cualquier autor a reconsiderar las opiniones precedentes. Buena parte de estos estudios eran rigurosos e imparciales. Aunque muchos de estos intérpretes modernos de Marx todavía le admiraban como azote del capitalismo, muchos otros estaban motivados por el desafío que planteaba saber exactamente qué buscaba Marx. A medida que surgía el Marx menos trivial y más simpático, más difícil resultaba dar cuenta clara y detallada de su pensamiento. ¿Había un Marx o dos? ¿Había cambiado en 1846, pasando de ser un joven hegeliano, humanista, a un antihumanista científico, como afirmaba Louis Althusser? ¿O era más bien un crítico cultural, un analista social preocupado por el estado alienado del alma humana en el capitalismo? La popularidad de libros como los de Herbert Marcuse, El hombre unidimensional y Eros y civilización, atestigua la rica veta de crítica social que puede excavarse reconciliando, de alguna manera, a Marx y a Freud.

14     La avalancha de literatura académica de los años sesenta y setenta revela algo que el lector puede adivinar en la exuberancia de la descripción de Berlin, pero que no se enfatiza mucho en Karl Marx. Marx ofrece, al lector medio proclive, muchas seducciones —Marx, en tanto lector voraz y crítico brutal, que opera mediante el contraste de sus ideas con las de sus predecesores y oponentes, despierta la curiosidad del lector moderno por la economía del siglo XIX, por la filosofía alemana, por la historia antigua, por el submundo revolucionario francés y por muchas otras cosas. Esto tiene sus peligros. Del mismo modo que Marx fue incapaz, de manera creciente, de terminar ninguno de los trabajos que inició debido a su deseo de leer todo lo que se había escrito sobre la materia, los estudiantes de Marx pueden acabar intentando leer todo lo que Marx leyó, así como todo lo que escribió.

Sin embargo, el atractivo es innegable. El mundo intelectual que habitó Marx está lo suficientemente distante como para ser un poco extraño, pero está lo suficientemente cerca como para ofrecernos la esperanza de entenderlo. Nos presenta un desafío, pero no irreducible oscuridad. No puede de cirse que el nuevo clima de investigación produjera un particular consenso sobre los logros de Marx o sobre lo que aspiraba lograr, pero significó, tras muchos años, que se le concediera el tipo de respeto desapasionado y científico que otras figuras menos polémicas siempre han recibido. Singularmente, quizás, esta avalancha de trabajos nuevos sobre Marx ponían bien poco en cuestión la descripción de Berlin.

Berlin reconoció en 1963 que había un cambio en su comprensión de Marx, y en el de la comunidad investigadora, que había incorporado en las revisiones que había hecho del libro. La amplia circulación de los Manuscritos. Economía y filosofía de Marx, por una parte, y la aparentemente infinita prosperidad de los Estados Unidos y la Europa occidental de posguerra, persuadieron a muchos críticos sociales de lo injustificado de seguir recitando las predicciones de éste sobre el inevitable e inminente derrumbe del capitalismo. Pero la crítica filosófica de una sociedad que sacrifica hombres a las máquinas, que valora la cultura en dinero contable y que se deja gobernar por las fuerzas inhumanas y abstractas del mercado, difícilmente podía tacharse también de desfasada. El Marx de la primera edición de Karl Marx era, como Berlin reconoció, el del marxismo oficial, el Marx de la Segunda y Tercera Internacionales, jaleado por sus seguidores como científico social, no como filósofo humanista. Ahora que ya se ha aclarado el horizonte, no hay duda de que Berlin hizo bien al no realizar más que un pequeño ajuste en su descripción. Cuanto más piensa uno acerca de la teoría de la alienación, más claro está que Marx hizo bien en su vida ulterior al pensar que cualquier cosa que hubiera dicho en el oscuro lenguaje de la filosofía hegeliana lo podría haber dicho mucho más llanamente en el lenguaje del análisis social empírico.

15     Cuando se publicó por primera vez Karl Marx había pocos trabajos serios sobre el tema en inglés. La biografía de Franz Mehring de 1918, Karl Marx, se tradujo del alemán en 1935; Karl Marx: Hombre y luchador, una entretenida biografía escrita desde el punto de vista menchevique por Boris Nicolaievsly y Otto Maenchen-Helfen, era uno de los pocos trabajos sobre Marx que evitaba tanto la hagiografía como la demonología. Sobre Marx como filósofo y crítico social, el filósofo americano Sidney Hook —al tiempo discípulo de Trotsky y de John Dewey, y después feroz anticomunista— había publicado dos libros imaginativos e interesantes en los primeros años de la década de los treinta. Para entender a Karl Marx y De Hegel a Marx todavía resultan valiosos por su estudio de los jóvenes hegelianos y, en menor medida, por su intento de reconciliación entre el marxismo y el pragmatismo americano. Pero fueron poco leídos en los Estados Unidos y mucho menos en Gran Bretaña. La economía de Marx sólo se la tomó en serio la izquierda marxista y no fue sino hasta los años de la posguerra cuando los académicos alemanes forzados a exiliarse de su patria por el ascenso de Hitler comenzaron a dejar su huella en inglés. Karl Marx cubrió, por tanto, una verdadera necesidad, y merecía el éxito que cosechó.

El libro que Berlin escribió primeramente no es el libro que fue publica do por Home University Library. El primer borrador casi doblaba en páginas las permitidas por la serie. Berlin desechó casi todo lo que había escrito sobre la sociología, la economía y la teoría de la historia de Marx y refundió el libro en forma de biografía intelectual. Puede que se haya perdido menos de lo que esto sugiere. El relato de Berlin de la vida de Marx ha resultado tener un interés mucho más permanente que las numerosas polémicas interpretativas que han dominado la discusión académica desde entonces. Sorprendentemente, la personalidad literaria y expositiva que desde entonces ha hecho tan inmediatamente reconocible el trabajo de Berlin ya está aquí completamente desplegada.

El bosquejo en miniatura de Marx que aparece en la «Introducción» a la primera edición podría haberse escrito en cualquiera de los cincuenta años siguientes —las frases duran un párrafo entero, los potentes adjetivos arracimados de tres en tres, el argumento se desenvuelve entre abruptas antítesis.

El lector respira hondo y se sumerge, para emerger líneas más allá feliz y sin respiración:

Estaba dotado de un espíritu poderoso, activo, concreto nada sentimental, de un agudo sentido de la injusticia y de poca sensibilidad, y lo repelían tanto la retórica y las fáciles emociones de los intelectuales como la estupidez y complacencia de la burguesía; las primeras le parecían charla vacua, alejada de la realidad y, ya fuese sincera o falsa, de cualquier modo irritante; las segundas le parecían rasgos de hipocresía de una clase que se engañaba a sí misma, ciega a las características sobresalientes de la época por estar absorbida en la conquista de riquezas y de posición social.

16     Pocos comentaristas, incluso hoy día, han realizado un balance tan equilibrado entre el retrato psicológico y el análisis intelectual. Berlin deja al lector con la sensación de que si Marx entrara en la habitación sabríamos qué decirle —y, si tuviéramos ganas de pelearnos, qué no decirle. Éste, como dije antes, es el gran talento de Berlin como historiador intelectual, un talento que se puso de relieve por primera vez en este libro. Leí por primera vez Karl Marx hace treinta y cinco años, y lo devoré de una sentada. Los nuevos lectores lo encontrarán igual de absorbente. 

Alan Ryan

Princeton, febrero de 1995. 

A mis padres

 

PREFACIO

Escribí este libro hace casi cuarenta años. Mi texto original tenía casi el doble de extensión que éste, pero los criterios de los editores de la Home University Library eran estrictos, y me persuadieron de que lo abreviara eliminando buena parte de la discusión de cuestiones filosóficas, económicas y sociológicas, y centrándome en la biografía intelectual. Desde entonces, en particular tras la transformación social del mundo después de la Segunda Guerra Mundial, ha tenido lugar un vasto desarrollo de los estudios sobre el marxismo. Muchos escritos de Marx, entonces aún sin publicar, han visto la luz. En particular, la publicación de los Grundrisse —el borrador de Das Kapital— ha afectado vitalmente la interpretación de su pensamiento. Y lo que es más, los hechos mismos han alterado inevitablemente la perspectiva des de la que percibir esta obra. Su relevancia para la teoría y la práctica de nuestro tiempo no puede negarse ni por sus más implacables críticos. Cuestiones tales como la relación de sus ideas con las de los pensadores anteriores, especialmente Hegel (a la luz de las nuevas interpretaciones de las propias doctrinas de Hegel, que se han aceptado rápidamente); el énfasis sobre el valor y la importancia de sus primeros escritos «humanistas», estimulado en parte por el deseo de rescatar a Marx de las interpretaciones y «distorsiones» estalinistas (en otros sitios de las de Plejánov, de Kautsky, de Lenin e incluso de Engels); las diferencias cada vez más grandes entre las exposiciones «revisionistas» y «ortodoxas», principalmente en París, de las doctrinas de Das Kapital; las discusiones de temas tales como la alienación —su causa y cura— especialmente por neofreudianos, o el de la unidad de la teoría y la práctica por neomarxistas de distintas denominaciones (y la agresiva reacción a las desviaciones ideológicas de los escritores soviéticos y de sus aliados)—, todo esto ha generado una literatura hermenéutica y crítica que por su mero volumen y rápido crecimiento deja muy disminuidas las discusiones anteriores. Aunque algunas de estas disputas se parecen mucho a las controversias de sus antiguos aliados los jóvenes hegelianos, a los que Marx acusaba de deseo de explotar y adulterar el cuerpo muerto de la doctrina hegeliana, este debate ideológico ha añadido una buena cantidad de conocimiento y explicación tanto de las propias ideas de Marx como de su relación con la historia de nuestro propio tiempo.

 

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